Vivir en la ruta

Empezamos a pensar qué era la ruta, cómo nos atravesaba y qué podíamos contar acerca de ella. Dándole vueltas al asunto, llegamos a la conclusión de que la ruta es la mitad del viaje. Es decir, es tan importante como el vivir en la Caracola.



La ruta nos atraviesa a los tres, y si hablo de la Caracola de una manera personificada, es porque en éste último año entendí que no es sólo un vehículo o un hogar, es mucho más que eso. Es nuestra propia energía materializándose.

La ruta es lo que conecta un punto con el otro, es nuestra manera de llegar a esos lugares que ni siquiera conocíamos de nombre. Son líneas disparatadas en un papel que no tienen sentido hasta que las vivís.



Cuando empecé a viajar no me gustaban tanto las rutas, la idea de pasar muchas horas en ellas, en un auto o un colectivo, me parecía un bajón. Viajaba de noche, para dormir y despertarme en un nuevo lugar. Para mí, antes, viajar era como teletransportarse.

Vivir en una casa rodante vino a resignificar la ruta. Nos obligó a ponerle el cuerpo entero.

Y fue maravilloso.

Hoy la ruta es el lugar que siempre nos gusta, que nos salva de aburrirnos, que nos ayuda a perdernos para encontrarnos. Para encontrar nuevos lugares y nuevos seres. Es una aventura constante que nos obliga a ir despacio para no perdernos nada. Viajamos lento, nos gusta decir que a la velocidad del paisaje, porque si viajáramos a la velocidad considerada normal, nos perderíamos todo.

Viajamos, cuando la ruta nos lo permite, a 20 kilómetros por hora; casi siempre a 40 y cuando queremos apurarnos a 70. No hay velocidad más alta, aunque la camioneta llega a 100. No queremos. La velocidad es lo que nos permite disfrutar del camino realmente.



Nos permite frenar a sacar una foto, a ver cómo viven los animales que habitan los lugares que transitamos, entender qué especies de plantas crecen por ahí y ver en cámara lenta los revelados que el paisaje tiene reservado.

En la ruta vamos cantando a los gritos, disfrutando de la música clásica, del rock nacional y de la lista de Ríos al Mar, donde escuchamos amigos que ya no tenemos tan cerquita. En la ruta reflexionamos sobre nuestro futuro y sobre nuestro presente, recordamos el pasado y nos reímos de esos recuerdos y todo lo que crecimos. A veces lloramos, sobre todo cuando nos damos cuenta hasta dónde llegamos.



A diferencia del mundo, nosotros no odiamos el ripio. Nos obliga a observar más: a una laguna que aparece azul turquesa por detrás de un médano gigante o a un guanaco pequeño tomando la teta de su madre.

A veces uno maneja y el otro lee o mira videos o duerme en la cama o duerme en el otro asiento. Y eso está bien, porque la ruta cansa y, como dice Leo, no siempre se puede estar atento a todo en la ruta. Pero igual los dos nos esforzamos por estar atentos, no nos gustaría perdernos las águilas moras, los cóndores, los charitos, los zorritos, ni las liebres.



Y aunque los cardos los vimos una y otra vez desde que salimos de Mar del Sud, todavía nos quedamos con la boca abierta cuando alguno contrasta su flor violeta con el cielo azul.

Aprendimos a disfrutar de la ruta cuando la única que podíamos hacer era la que iba a Miramar. Y entendimos que era importante recorrerlas una y otra vez, en distintos horarios y direcciones para poder apreciarlas en todo su esplendor: al amanecer, al atardecer, durante el mediodía o a la noche, sobre todo si el cielo se ve grande porque no hay ciudades cerca.



Los dos somos piloto y copiloto. Ningún trabajo es fácil. Ser piloto requiere atención, no sólo para llegar sino también para parar cuando los animales lo demandan. Es sobre todo difícil cuando estamos cansados o cuando llevamos muchas horas manejando y todavía faltan varios kilómetros para llegar al siguiente destino. Pero siempre es gratificante ver cómo cambian las vistas desde esa posición.

Al copiloto le tocan más tareas: poner música, ver el mapa, guiar, no colgar cuando hay que doblar -admito que cuando me toca a mí siempre cuelgo-, armar los desayunos en movimiento, calentar agua en el ripio, preparar los almuerzos, alcanzarle a el o la piloto lo que necesita, sacar fotos, filmar y si el piloto se cansa, ser piloto.

Pero lo más loco de la ruta es que nos enseña a cada paso. A ser pacientes, compañeros, a amarnos cada día más, a que el final del camino no siempre es lo que esperamos pero siempre es mejor.

No creo que ésta nota represente del todo lo que es la ruta, pero es un primer acercamiento. Espero la próxima poder retratarla mejor.



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