Tras las sierras

Llegamos a Villa Ventana casi por casualidad. Nos habían recomendado Sierra como uno de los lugares más lindos de Buenos Aires y, sin embargo, a nosotros no nos lo pareció tanto. Sentíamos que estábamos en una ciudad, en la que estacionar la camioneta en un lugar natural no parecía posible, como no lo parecía ver las sierras de cerca. Preguntamos en turismo por campings, algo que habíamos definido en nuestro viaje: la primera noche la pasaríamos o en campings o en casa de conocidos. De esa manera, podíamos tomarnos el primer día para caminar encontrando esos lugares que vuelven mágicos a los pueblos y los mejores patios para la caracola.

Pero los campings que nos mostraban en el mapa no tenían tan buena pinta. Muchos estaban dentro de lo que era la ciudad. Entramos al que parecía más natural y sentimos que entrábamos a un set de filmación de una película de terror. Estaba todo un poco abandonado y la mujer que lo atendía apareció de la nada, con cara de pocos amigos y la invitación a retirarnos. Nos fuimos con gusto, pensando cómo grabar la película y con la actriz principal en vista.

Al segundo camping que entramos, fue al de los bomberos voluntarios. Lo habíamos elegido porque estaba en la entrada de la ciudad y teníamos esperanza de que fuera más grande. No lo era; pero nos atendieron con mucho amor y nos alquilaron una ducha para sacarnos la tierra de los días anteriores. Eso era todo lo que necesitábamos para pensar con claridad y no tomar decisiones apresuradas. Porque a veces, cuando estamos en viaje, cansados, con hambre, con sueño y con ganas de una ducha calentita, es difícil pensar en si es o no una buena opción quedarse en un pueblo. A veces simplemente queremos frenar y dejar de escuchar el sonido del motor, queremos que vuelva el silencio y la tranquilidad que da la tierra.

Pero una ducha fue clave para decidir. Aquel no era el lugar en el que queríamos estar, pero tal vez el siguiente pueblo lo fuera.

Y creo que, hasta hoy, esa fue una de las mejores enseñanzas para nuestro viaje y de las mejores decisiones que hemos tomado en la vida. A medida que la ciudad desaparecía por detrás, las sierras aparecían por delante. Poco a poco un paisaje totalmente diferente al que estábamos acostumbrados se manifestaba frente nuestro. Como si alguien hubiera recortado figuritas y las hubiera pegado en el vidrio de la caracola.



Nosotros no podíamos creer que eso existiera tan cerca de donde vivimos toda la vida. Pero ahí estaban, campos de tierra alta, de colores verdosos y amarillentos, frente a un cielo celeste y despejado. La tormenta la habíamos dejado atrás, en algún tramo de ruta lejano, y la entrada al pueblo estaba justo en medio de las sierras.

Ni bien llegamos nos enamoramos. Que no hubiera una invasión masiva de carteles publicitarios ayudaba mucho, que los pocos carteles que había eran de madera, también ayudaba. En vez de entrar al pueblo, tomamos un camino que iba para el lado de una escuela agraria. Estacionamos a un costado del camino, gracias a la señal de una parejita de colibríes que nos recordaron a dos mujeres que habíamos conocido: Selva y Rosi.

Quisimos abrir las puertas de par en par, pero el viento era muy fuerte. Así que nos conformamos con levantar las cortinas y cocinar dentro de la camioneta. Almorzamos bien entrada la tarde y, aunque el cansancio físico nos pedía parar, todavía quedaba encontrar un lugar para dormir. Y ese no parecía serlo.

Volvimos hacia atrás y tomamos la calle al pueblo. A primera vista nos gustó, era turístico pero tranquilo; la mayoría de sus comercios estaban hechos en madera y las personas saludaban en la calle. Las sierras se veían en todas las direcciones y sus calles eran en subida y bajada. Creo que ese mismo día lo recorrimos de punta a punta en la camioneta y aprender a manejar en subida era todo un desafío. Dimos vueltas hasta que llegamos a un mirador en lo alto, al lado de otra escuela. Parecía un lugar tranquilo y solo habían dos chicos tocando la guitarra. Armamos la cama y nos metimos en ella a dormir.

Pero yo no pude descansar; escuchaba autos afuera que iban y venían, que frenaban y seguían. Y por momentos me daba miedo que alguien nos dijera algo por estar ahí. Ya habíamos vivido la experiencia de que nos golpeen la camioneta a cualquier hora por estar en el lugar incorrecto y eso nos había dejado un pequeño trauma. Por suerte Leo pudo descansar, él había manejado casi todo el camino. Cuando se despertó nos fuimos a buscar otro lugar y terminamos estacionados fuera de una casa que parecía vacía. Leo me hizo mimos hasta que me dormí y al día siguiente estábamos listos para encontrar nuestro rincón en Villa Ventana.

A partir de ahí, todo fue mágico, parecía que el mundo estaba dispuesto a ayudarnos sea como sea. Teníamos que encontrar una cabaña para alquilar, porque habíamos invitado a nuestra familia a pasar año nuevo con nosotros. Las condiciones de la cabaña eran que tenía que ser para cuatro o cinco personas, tener un patio donde pudiéramos estacionar la camioneta y estar disponible durante cinco noches, contando la de año nuevo. "Eso es imposible, está todo lleno", fue la frase que más escuchamos. La negatividad de las personas que nos cruzábamos no podía meterse dentro nuestro, porque si caíamos en esa, perdíamos. Estábamos a menos de dos semanas de año nuevo.

Recorrimos el pueblo a pie, leyendo carteles de "no hay lugar" y preguntándonos cuál de todas las cabañas que veíamos sería la nuestra. Buscábamos lugares para estacionar tranquilos mientras comíamos las frutas de los árboles que vivían en las calles de aquel pueblito pintoresco con aire sureño. Nos metimos entre plantas que nos llegaban a las rodillas y llegamos a un arroyo que nos mostró que la naturaleza, incluso al costado del camino, era interminable.

Y aunque no resolvimos nada, volvimos a la camioneta felices de estar ahí. Decidimos volver a un camping que habíamos visto en la ruta: El Pinar. Un lugar que amamos a cada segundo, en el que nos dieron una bienvenida gratificante y nos regalaron los secretos que se esconden tras las sierras. Pagamos la primera noche con la intención de irnos por la mañana temprano para Villa Ventana. Pero cuando nos estábamos por ir, nos ofrecieron hacer un intercambio de fotos por noches y así fue como empezó la negociación más linda que tuvimos. Teníamos libertad para ir y volver, para elegir las mejores luces, los mejores contrastes y sobre todo, un camping prácticamente vacío, es decir casi todo para nosotros.



Con esa felicidad nos dirigimos al pueblo y tras preguntar un poco en los comercios nos llegó un contacto. Era una mujer que vivía frente al arroyo, en la calle Belisario. La visitamos para ver lo que nos ofrecía y nos dijo: tengo un patio. Nosotros no entendíamos a qué se refería y mirábamos por detrás de ella la inclinación que tenía ese patio. Hay algo gracioso cuando nos invitan a quedarnos en patios, casi nadie tiene en cuenta que la camioneta tiene una cama adentro y la inclinación importa. Pero además nosotros no buscábamos un patio, sino una cabaña con patio. Algo que ella no había entendido y todos terminamos riéndonos del malentendido, pero con la opción de dormir ahí si lo necesitábamos alguna noche.

Eso no nos desmotivó, por el contrario, nos dió el impulso que necesitábamos para seguir buscando. Era lo único que no nos permitía relajarnos y fluir. Y a nosotros, que nos gusta ser libres, nos costaba mucho sentir ese peso. Queríamos darle la mejor bienvenida a nuestra familia; después de todo, no los veíamos hacía un año.

El día anterior nos habíamos anotado un número de teléfono de alguien que alquilaba cabañas. Leo quería llamarla por teléfono y resolver; a mi se me ocurrió que siempre es mejor hacer las cosas en persona y lo convencí de usar la energía que nos quedaba para visitar a Norma, una mujer que nos hizo reír muchísimo y convirtió nuestro paseo por Villa Ventana en un verdadero hogar.

La visitamos en su casa y nos dijo que solo le quedaba una casita. Que nos la iba a mostrar pero que no esperáramos la gran cosa. Que nadie la quería y por eso siempre la dejaba última para alquilar, que era chiquita y no tenía nada. Nosotros nos miramos con una sonrisa de oreja a oreja, era obvio que esa era la casa que buscábamos. Si a nadie le gustaba, a nosotros, que vivimos a contramano, nos iba a encantar.

En el camino nos decía todos los defectos: no tiene piscina, no tiene wifi, no tiene directv y encima es de madera. Nosotros estábamos riéndonos a carcajadas de la felicidad que teníamos y ni siquiera la habíamos visto. Queríamos decirle que sí. Pero nos aguantamos. Y cuando llegamos, la esquina era perfecta. Lejos del centro pero al mismo tiempo cerca, porque tampoco era tan grande. Rodeada de plantas, enredaderas y árboles. De madera, con ventanales enormes en el living y una salamandra en el medio. Las habitaciones eran chicas, pero eran solo para dormir. Sabía a hogar, el patio era perfecto y no había problema para que compartiéramos la casa. El precio era la mitad de lo que nos habían dicho que íbamos a pagar por una cabaña ahí y se escuchaban los pajaritos cantar, como una bienvenida.

Nos fuimos felices, porque además, hablando con Norma, llegamos a un acuerdo de trabajo en el que nosotros también administraríamos esa casita. Así que si quieren vacacionar en Villa Ventana, ya saben, nos escriben.

Volvimos al camping y prácticamente no nos volvimos a mover de ahí. Compramos una pizza casera, que hacía Vero, la compañera de Ernesto -nuestros anfitriones-. La esperamos mientras charlábamos de la vida con él y la disfrutamos en el arroyo que estaba dentro del predio del camping.

Un arroyo que disfrutamos una y otra vez, con piedras que se movían cuando crecía y otras que hacían de puente entre el camping y la sierra que teníamos por detrás. Pasamos algunos días siguiendo los caminos que surgían del arroyo, encontrando incluso piletones de agua mansa y cristalina, donde los peces se veían nadar y los carpinchos se nos presentaban por primera vez. Nos sorprendimos de su tamaño y nos sentimos plenos al darnos cuenta que, aunque no los veíamos cotidianamente, todavía había animales libres. Y eso, en un punto, nos daba esperanza. Porque si un animal puede vivir en libertad en las profundidades de esos mundos. ¿por qué nosotros no podríamos hacerlo alguna vez?

Éramos libres, más libres que nunca antes y, aún así, anhelábamos una libertad superior. Una que fuera más allá de la espiritual. Queríamos la libertad entera y lo más cerca que estuvimos de ella, al menos hasta ese momento, fue cuando subimos a un cerro por primera vez.



Cruzamos el arroyo por el árbol caído que marcaba el límite del camping. Cruzamos con cuidado de no tocar la cerca con corriente eléctrica que mantiene a los caballos del otro lado y sigue hasta dentro del bosque en el que terminamos. Un bosque selvático y lleno de vegetación oscura, densa y fresca. Las enredaderas formaban colchones en el suelo y abrigo para los árboles.

Pisabamos con cuidado porque aunque veíamos bastante el suelo había muchas plantas creciendo por todos lados. La sombra era agradable, sobre todo en esos días donde el calor y la sequedad nos invadían. El chapuzón previo en el arroyo ayudaba a que la caminata fuera más amena. El sol entraba entre las ramas. El sonido ambiente era de hojas chocando entre sí y cientos de aves que ni siquiera veíamos.

El bosque terminaba cuando empezaba el pastizal alto. Nos habían dicho que miremos con atención, por ahí vivían las yararás. Aunque no tuvimos la suerte de ver a una de cerca, hicimos caso al consejo y caminamos con el pasto seco hasta la cintura. Vimos un senderito marcado, aunque llamarlo así es halagarlo. Tal vez un par de personas habían caminado antes por ahí. Decidimos seguirlo, parecía más seguro que abrir paso por nuestra cuenta.

Pero al final del camino nos encontramos con hinojos, cardos y hierbas de dos metros de altura, como una barrera natural que nos impedía el paso. Respiramos hondo y nos adentramos en ese mundo, tan conocido y a la vez tan diferente. Las mismas plantas que en Mar del Sud admirábamos, acá nos daban un poco de miedo y por momentos nos hacían sentir asfixiados, sobre todo cuando el sendero desaparecía y teníamos que guiarnos por nuestra intuición. Cuando no veíamos salida, levantábamos la mirada y ubicábamos el cerro, nuestro faro y nuestra meta. Queríamos saber cómo se veía el mundo desde arriba.

Llegamos a la base del cerro y vimos nuestras opciones. La única sombra en todo el camino era un pino que siempre admirábamos desde el camping y que queríamos conocer de cerca. El camino era empinado, casi todo de piedra maciza. Las piedras chatas parecían clavadas en la tierra de forma vertical.

Todo se sentía seco, árido, sin agua a la vista y con el sol brillando con fuerza en lo alto, casi llegando a su punto máximo, que algunos insisten en llamar mediodía. Los colores oscilaban del gris al amarillo, pasando por tonos más bien terrosos o arcillosos. Algunos verdes dispersos casi descoloridos y algún beige lavado.

Empezamos la subida en zigzag, alternando piedras y yuyos. Avanzamos a paso rápido y constante. Frenábamos solo a tomar agua o a contemplar cómo lo que estaba debajo se iba haciendo cada vez más chico. El camping quedó perdido entre los árboles y solo lo distinguimos por los caballos y dos carpas que habían armado en un claro. Avanzábamos casi en silencio, disfrutando de ser parte de la naturaleza por un instante.

En el camino nos encontramos con arañas, insectos que no conocíamos sus nombres, langostas gigantes, mantis religiosas, tábanos que nos mordían con ganas, cactus y cardos. Había que mirar dónde pisábamos, porque un paso en falso podría significar terminar con una espina clavada.



Al pino llegamos tranquilos, aunque con mucho calor, y se convirtió en nuestro oasis en el desierto. La sombra que daba era todo lo que necesitábamos y alcanzaba para los dos. Nos quedaba la mitad del agua aunque todavía no habíamos llegado al punto más alto. Aprovechamos a almorzar, para recargar energía. Nos habíamos preparado unos sanguchitos con verduras salteadas de la noche anterior y una palta fresca. Hicimos la digestión leyendo “Ami, el niño de las estrellas”; un libro que nos había recomendado un amigo y que no podíamos dejar de leer.

Cuando estábamos descansados, le dije a Leo de seguir un poco más, quería ver qué había del otro lado. A lo que él me respondió, que siempre quiero ver qué hay del otro lado. Nos reímos y dejamos todas nuestras cosas en la sombra, para subir más ligeros. Los dos sabíamos que la naturaleza siempre puede darte más, porque es abundante y un poco egocéntrica, quiere que siempre la contemples. Nos llevamos solo las cámaras.

El calor más agobiante ya había pasado. Seguimos subiendo sin pensar demasiado en el destino, nuestros pies nos pedían movimiento. Pero al llegar a la cima, nos quedamos con la boca abierta. Como si al camino entre el árbol y la punta no le hubiéramos prestado tanta atención; al llegar ahí tomamos dimensión del lugar que habitábamos.



Se veían puntas de cerros en todas las direcciones. Algunas, las más lejanas, solo eran sombras. Otras tenían contrastes y contornos. Cadenas de montañas de distintas alturas. Algunos picos sobresalían entre los demás, era una imagen tan extensa que me sentí muy ínfima, más que nunca, y a la vez me sentí súper conectada a todo lo que nos rodeaba, como si toda la energía que había ahí también fuera parte de mí misma, me sentía parte de ese todo.

Caminamos por arriba admirando cada punto cardinal, buscando un lugar cómodo para sentarnos y contemplar un rato. Nos gusta pasar horas perdidos entre esos mundos que, a veces, parecen prohibidos.

Algo nos llamó la atención. Vimos unos árboles, unos pinos amuchados junto a lo que, imaginamos, era un arroyo. Estaban muy lejos nuestro, tanto que parecían brócolis. De fondo, cerros. Tal vez diez o quince cerros. Nos empezamos a mover hacia la derecha, aferrados a la piedra, en busca de un lugar para quedarnos, y a medida que nos acercabamos a esos pinos, nos dábamos cuenta que formaban un semicírculo y que, desde ese lugar, parecía un anfiteatro.



Entendimos que era ahí, y jugamos con la cámara y las perspectivas. Moviéndonos en busca de la foto perfecta, de algo que pudiera captar aunque sea una ínfima parte de todo lo que teníamos alrededor. Me sentía expuesta, vulnerable y más real que nunca. Me sentía feliz de poder estar ahí y de entender que la palabra poder significaba mucho más que todo lo que había creído hasta ese momento. Rememoré todo lo que habíamos pasado para llegar ahí, como una cadena infinita de sucesos que siempre terminan con un final feliz. Me sentí plena.



Pero pensar tanto me desconectó del presente y tuve que pedirle a mi mente que volviera. Leo lo sintió, me preguntó si quería seguir caminando y le dije que sí. Agarramos todo y empezamos a bajar en dirección al pino.

El primer tramo estuvo marcado por las piedras y solo llegar al árbol nos había hecho transpirar. Tomamos agua, guardamos todo y encaramos la vuelta. La segunda parada fue a la sombra de una sierra pequeña que, del lado que no le daba el sol, tenía mucha vegetación. En el centro crecía un arbusto con frutos naranjas y descubrimos que allí crecía pasionaria silvestre. Una planta que me tiene enamorada y tiene propiedades relajantes, somníferas y que ayuda al ciclo menstrual. Cada vez que la encuentro en algún lugar, pienso que tengo que volver solo para contemplarla.

La sombra nos abdujo y no podíamos movernos. Pero la noche se acercaba y la oscuridad y el desconocimiento de la naturaleza no se llevan tan bien. Observamos lo que quedaba de camino y eso nos esperanzó, la vuelta había sido mucho más rápida que la ida.

Seguimos bajando recto y de a ratos se ponía empinado, teníamos que pisar con cuidado y agarrarnos con las manos de las piedras. Cuando sentimos que el piso se ponía recto y el pasto alto, respiramos hondo. Ya estábamos. Solo que no sabíamos qué tan complicado era el último tramo.

No veíamos nuestros pies y hacia delante no había ningún camino marcado. Un bosque de retamas apareció ante nuestros ojos y decidimos esquivarlo, seguimos en busca de algo más fácil pero no veíamos salida posible. Encontramos un sendero que terminó antes de lo previsto y nos dejó parados ante plantas muy altas. Algunas conocidas, como los hinojos, las ortigas y los cardos, y otras que nunca antes habíamos visto. Empezamos a atravesarlas, Leo iba por delante sin ver hacia donde y yo lo seguía.

De pronto me empezaron a arder las piernas y los brazos y Leo empezó a sentir lo mismo en todo el cuerpo; las plantas se defendían ante nuestro paso con espinas y venenos que cortajeaban nuestra piel. La ansiedad y el miedo aparecieron ante nosotros que tuvimos que frenar y respirar profundo antes de seguir. Si el pánico nos dominaba, quizás no podríamos continuar. Cambiamos de lugar, tomé la delantera y con el trípode me ayudaba a correr las plantas, Leo hacía lo propio por detrás, con una rama. Seguimos atravesando hinojos de tallo verde y en nuestra ropa y zapatillas quedaban pequeñas bolitas verdes que al tocar la piel nos hacían arder.

Teníamos calor, ardor y picazón, y lo único que deseábamos era meternos en el agua. Seguimos abriendo paso y, aunque fue eterno, llegamos al bosque donde habíamos empezado. Lo mágico fue que tras pasar el primer árbol vimos a la Caracola de frente, cruzando el arroyo, como si nos estuviera sonriendo y diciendo: "qué bueno que volvieron".


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