Transformar la camioneta en hogar

Actualizado: 29 jun 2020


Quizás lo más idílico de tener una casa rodante es cómo la decoran dentro. Nosotros mirábamos cientos de fotos que parecían sacadas de una película y pensábamos: quiero ESA.

La verdad es que a medida que empezamos a ponerle corazón todo fue cambiando y eso que parecía una camioneta revestida con una cama, se convirtió en el hermoso hogar que hoy disfrutamos tanto.

Soy profe de escritura hace algunos años y hoy les voy a compartir lo que yo creo que es lo más importante a la hora de escribir y, por consecuencia, de vivir (o decorar un hogar).

Necesitamos de tres herramientas para que nuestros textos/vidas/casas se conviertan en algo único y auténtico:


  1. Introspección: Ir hacia dentro, preguntar muy en el fondo de nuestro corazón, alma y mente qué onda, qué pasa ahí. Buscar dentro todo eso que queremos, anhelamos y soñamos. También ver las sombras, lo que no nos gusta, lo que nos queremos quitar de encima, lo que necesitamos cambiar para ver más luz. Todos adentro tenemos un farol brillando con fuerza, solo que a veces no nos animamos a explorar lo suficiente para buscarlo. Así que, vamos, es momento de buscar y revolver.

  2. Observación: Ir hacia fuera, preguntarle al mundo qué más hay. Prestar atención a los detalles, a los colores, a la magia que se esconde en cada lugarcito. En cada rincón de nuestras casas, de las casas de nuestros amigos y familiares, en la misma naturaleza se encuentran infinidad de formas para transformar, admirar y apreciar. Contemplen todo con ojos de niño, con ojos de primera vez y se van a sorprender de todo lo que se estaban perdiendo.

  3. Imaginación: Jugar con nuestra capacidad de mezclar lo que está afuera con lo que está dentro es lo que da ese resultado final tan mágico y auténtico. Imaginen con ganas, proyecten todo lo que quieren tener o crear y después dejen que la imaginación vuele y convierta lo ordinario en extraordinario. La cotidianidad tiene tanto para darnos, que si aprendemos a jugar con nuestros sentidos y damos rienda suelta a las ideas, todo se transforma.


¿Por qué les cuento esto? Porque esas fueron nuestras herramientas para convertir en hogar algo que, por momentos, parecía no serlo.



En la decoración gastamos tan poquita plata que todavía nos da risa acordarnos. Llegado el momento de pensar en lo que iba dentro, nuestra cuenta bancaria estaba en cero. Solo teníamos cortinas, en las que habíamos gastado unos ochocientos pesos, y que mi mamá había cosido. Teníamos las lucecitas que nos habían regalado y que ya ocupaban su lugar en la pared. Pero en lo que respecta al resto de las cosas, no teníamos nada.

Amábamos ver pinterest, soñar con una camioneta sureña, revestida en madera, quizás con muchos colores y entramados. Pero nuestra casita, todavía tenía poco de eso.

Teníamos sábanas y ningún acolchado de dos plazas. Por lo que nos tapábamos con varias frazadas de una plaza. Por suerte cuando empezamos a habitarla todavía era verano.

Cuando terminó el ISOCA, nos fuimos a Gesell otra vez, a pasar unos últimos días antes de viajar a La Plata para ir a ver al mecánico. Allá, mi vecina de toda la vida, Silvia, se acercó a felicitarnos por la casa y nos preguntó qué podía regalarnos para ayudarnos. Nosotros, que estábamos convencidos de que nuestra casa era hermosa y no necesitaba nada, le pedimos lo más básico que se nos ocurrió: una escoba, un trapo de piso o una palita que le sobrara. No queríamos que nadie entrara en gastos. Sin embargo, Silvia fue tan dulce que nos trajo un acolchado hermoso de dos plazas para combatir los inviernos y unos almohadones viejos que tenía olvidados en un ático, y así, nuestra casita se fue poblando de colores.



A mamá le robamos el especiero que tenía lleno de comida y lo transformamos en una biblioteca con fotos y recuerdos. Gastamos cien pesos en unos brochecitos de madera chiquitos que pegamos en una de las paredes para colgar cosas como papeles o fotos, porque queríamos una tabla de corcho y nos dimos cuenta de lo caro que era. Y con los que sobraron, pusimos más fotos en los huecos libres del especiero. Los libros se encargarían del resto.

Hasta que pudimos comprar el mueble hecho a medida para la Caracola, usamos una cajonera vieja que estaba en casa y como no teníamos dónde poner la rueda de auxilio, la dejamos en un rincón tapada con un aguayo, lo que le daba un aspecto de silloncito circular (aunque bastante incómodo jeje). Por último, mi gorro de verano le daba el toque final a la pared que más nos gustaba.




Ya en La Plata, nos encontramos con más amigos y familiares que se sumaron a nuestra movida de reciclar y reutilizar, para no entrar en gastos innecesarios. La realidad que es la mayoría de las personas que viven en la misma casa por muchos años tienen mil cosas que ya no usan pero que no se sacan de encima por muchas razones, nosotros logramos que se las sacaran de encima y fueran a decorar nuestro lugar en el mundo.

Sin ir más lejos, yo misma tenía una camisa floreada, que me había mandado a hacer hacía unos años y que usé muy pocas veces porque no me gustaba cómo había quedado. Pero algo me obligaba a no poder deshacerme de ella. Intuyo que era esto: un día visitamos a Romi, una amiga que es muy creativa y se da maña para todo, ella se ofreció a ayudarnos con los almohadones de nuestra casa. La mamá de Leo nos había regalado un par más y yo tenía guardado el relleno de un sillón viejo, que tenía la cantidad justa para rellenar tres almohadones. Como todos los que ya teníamos eran de distintos colores y no combinaban, decidimos comprar telas de dos colores, en las que gastamos seiscientos pesos, para forrarlos todos. Como lo que compramos no alcanzaba, transformamos mi vieja camisa en un par de almohadones más. Y aunque a Romi le costó más que a mí destrozarla, quedamos muy satisfechas con el resultado final. Ella también nos regaló otras lucecitas, que complementaron la calidez del hogar.



Cuando el mueble blanco llegó a nuestras vidas, la camioneta estaba más completa. Pero le faltaba un poco de color, por lo que con el tiempo, también nos fuimos encargando de eso. Con la funda que le quitamos a uno de los almohadones hicimos un pequeño mantel hindú, que pusimos encima del mueble y arriba de éste fueron a parar todos nuestros juguetes creativos: lápices, acuarelas, pinceles, fibras, cuadernos y washi tapes.

A la parte vacía le agregamos arriba un cajón, que compramos por cien pesos en una verdulería y que pintamos de mostaza con las pinturas que habían quedado de cuando hicimos el mural de la camioneta (ya les contaré de ese hermoso día). Y con un pedazo de madera le hicimos una trabita para que al girar, no se cayera todo (hay que estar atentos a eso, cada detalle importa porque sin sustentos, todo se cae). Pusimos discos, que nos habían regalado Chelo y Ro, dos amigos que hicieron mágicos nuestros viajes en ruta sin radio y sin wifi, y todos los libros que habíamos comprado durante el último tiempo. La verdad es que somos adictos a los libros. Además, Jopi, otra gran amiga, le había regalado a Leo un cuadrito que nos llevaba de regreso a una caminata eterna por la playa y el faro, otra historia que quiero contarles algún día.



Lo mismo pasó con la vajilla, los utensilios de cocina y otras chucherías. Todo nuestro hogar se fue construyendo con lo que otros ya no usaban. Cada detalle de la Caracola tiene tanta historia que es imposible mirarla sin pensar en todo lo que vivimos para llegar a eso.

Así que, solo resta decirles que dejen volar su imaginación y que transformen ropa vieja en cortinas, cajas de zapatos en muebles y bolsas de plástico en aislantes.

Porque además de demostrar cuán creativos podemos ser, ayudamos a nuestro planeta dejando de consumir en exceso y comprando mil cosas que, en realidad, tenemos guardadas en cajas cerradas en armarios viejos.

Así que miren adentro suyo y pregunténse cómo es el hogar de sus sueños, aunque sea de colores que no combinan; busquen afuera los materiales para convertirlo en realidad y con un poco de imaginación creen ese mundo nuevo que quieren habitar.

No se olviden de ser agradecidos, porque todo lo que necesitan está al alcance de la mano y piensen que todos somos parte de una hermosa cadena de favores, que todo vuelve, que todo se transforma.

Mil veces ubuntu.


875 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo