Prisión domiciliaria

Y llegó el momento tan esperado: viajar sin tiempos, ni días, ni horarios. Sin destinos fijos e inamovibles, sin planes.

Tras la prueba de la camioneta durante un finde en la Reserva Natural “El destino” y una semana entera en La Plata, que parecía no dejarnos ir, lo logramos. Agarramos la ruta 2, un viernes a las dos de la tarde y nos fuimos sin mirar atrás.

Atrás quedaban los días grises que la ciudad nos había regalado los últimos días. Días abarrotados de cemento, ruidos de autos al pasar, luces las 24 horas, problemas mecánicos y mecánicos que nos cobraban de más, vecinos gritones, exigencias y otras tantas cosas que habían opacado la ilusión de vivir en una casa rodante.

Creo que, cuando uno está al borde de cumplir sus sueños, el mundo hace un último intento para convencerte de que no lo hagas. De que algo va a salir mal si te largas a la ruta a hacer lo que soñás. De que la comodidad es más cómoda y así va a ser siempre. Entonces uno puede dudar y si no es lo suficientemente fuerte, se resigna, cede ante la demanda social de volver a estar ahí, quieto, cumpliendo los sueños de otros.

Nosotros estuvimos a punto de ceder. De sentir que todo lo que habíamos hecho hasta ese día no tenía tanto sentido. Pero lo curioso es que el amor es más fuerte y entre mimos, amor y paciencia logramos vencer toda la oscuridad que por poco nos retiene y nos convence de que viajar juntos era imposible. Llegamos hasta el fondo, pero lo bueno es que más abajo no se puede ir.

Hace poco nos dijeron que en el primer año de convivencia uno puede decidir si la relación crece o se termina, para nosotros todo iba en aumento. No estábamos dispuestos a dar un paso atrás porque, aunque hubiera momentos malos, los buenos eran demasiado buenos y sabíamos que cumplir un sueño tan grande no iba a salir barato.

Cualquier duda que pudiéramos haber tenido se disolvió en el momento en que el atardecer llegó. Cubriendo el horizonte formado por campos verdes, tiñendo las colas de zorro de anaranjado y anunciando que nuestro primer destino estaba cerca.

El viaje fue silencioso entre nosotros, pero cargado de sonidos que, en ese momento, parecían tan nuevos: las ruedas al rozar con el asfalto, el sonido de unas olas lejanas, las aves sin nombre piando cerca nuestro.



Dos días en Mar del Sud fueron suficientes para que volvieramos a estar bien. Hablamos de todo eso que nos hacía mal o nos ponía tristes, porque si algo aprendimos en nuestra relación es que si nos comunicamos, nos sanamos.

Y poco a poco nuestra vida volvió a ser lo que era, lo que nos había enamorado mutuamente: volvieron los sueños, los anhelos, las tardes enteras de charlas, la contemplación de la naturaleza, las comidas al aire libre, los días de juego, el trabajo compartido, los proyectos, la soledad de no estar solos. Volvimos a ser un equipo. No sólo un equipo, el mejor.



No era la primera vez que estábamos en Mar del Sud. La primera había sido el año anterior, un semi invierno en el que conocimos un pueblo al borde de ser fantasmal pero tan mágico y puro que valía la pena pasar un par de sustos. En el segundo paso por allí, remodelamos toda la Caracola. Ahora, en esta tercera ocasión, aprenderíamos a vivir juntos y construir un verdadero hogar, aprenderíamos de la calma y la quietud. Pero no me gusta adelantarme tanto.

El pueblo nos cautivaba por dos razones: por un lado teníamos un mar con tantas tonalidades como el arcoiris mismo y, por el otro, el campo nos bendecía con los mejores atardeceres que habíamos visto hasta el momento.

Atardeceres en los que las sombras cuentan historias y uno queda atrapado en la burbuja del tiempo. Los rayos de luz, en ese fin de verano, formaban medio círculo desde la línea del horizonte hasta un cuarto de cielo y el rojo que los trazaba, atravesaba el amarillo por lo bajo y un azul intenso en lo alto. Creativamente hablando, era como la cura de todos nuestros males. Volvíamos a sentirnos pequeños entre tanta inmensidad.



Y las risas, bueno, las risas volvieron a llenar la casa.

El viaje volvía a comenzar, justo donde le habíamos puesto pausa.

Al cuarto día empezamos a remodelar la casa otra vez. La verdad es que cuando partimos de La Plata, todavía nos quedaban muchas cosas por hacer, pero sentíamos que si teníamos que resolver todo allí, no nos iríamos más. Preferimos empezar el viaje y solucionar los problemas de a poco, si es que podíamos considerar eso como un problema.

Más bien era divertido volver a ponerle corazón al hogar, sobre todo en un lugar donde teníamos la tranquilidad de tener una casa para habitar en caso de que la camioneta necesitara un día de descanso y donde teníamos un patio para disfrutar de los días de calor.

Empezamos tapando los agujeros del techo, culpables de que la Caracola se lloviera cada dos por tres. Leo se subió a lijarlo y ponerle la membrana en los agujeritos, que resultaron ser agujerotes. Vaciamos la camioneta completamente, para acomodarla mejor, porque de la ciudad nos fuimos a las corridas y sin darnos tiempo a terminar de guardar las cosas en las bauleras.

Y al finalizar el día laboral, decidimos viajar a Miramar, la ciudad vecina, para aprovisionarnos. Es que en Mar del Sud hay algunos supermercados pero para nosotros, que no comemos carne, no hay tanta oferta.

Esa ruta, que haríamos tantas veces sin saberlo en ese momento, nos parecía un encanto. Por un lado campo, con vacas y caballos pastando, y enfrente, un bosque energético y de fondo el mar. Viajamos despacio, al ritmo del paisaje como nos gusta decir, riéndonos de la idea de una posible cuarentena. Algo que se rumoreaba en el pueblo pero que nadie sabía a ciencia cierta.

Hicimos una compra grande en la dietética y nos llenamos de porotos, lentejas, garbanzos, semillas y condimentos. Pensábamos que en unos días seguiríamos viaje y tener alimentos no perecederos en la baulera nos pareció una buena idea. Uno nunca sabe cuándo puede caer en un pueblo abandonado y sin almacenes a la vista.

Después nos fuimos a la verdulería, donde nos enteramos que esa misma noche comenzaba a regir una cuarentena real, que la policía tenía la libertad de meter preso a cualquiera que quisiera ser libre y que todos los comercios cerrarían al día siguiente y no sabían hasta cuando.

Con Leo nos miramos incrédulos. No tanto como cuando escuchamos a un coche policial con altavoces anunciando que estábamos por empezar un periodo de cuarentena a las doce de la noche. La gente hacía filas y filas en todos los comercios, abasteciéndose hasta con cosas que nadie necesita. Ya no dejaban entrar a muchas personas en ningún lugar, la distancia empezaba a ser una realidad y algunos ya tenían sus barbijos.

Aquel panorama surreal, como de una película de ciencia ficción, nos hizo enojar y, al mismo tiempo, preguntarnos cómo era posible que de un día para el otro, todo cambiara. Que todos, de un día para el otro, se contagiaran de tanta paranoia y acataran órdenes sin preguntarse nada. ¿Era posible que la libertad se quitara con tanta liviandad?

Pasamos por el supermercado, como última parada, para comprar birra, yerba y golosinas. Si íbamos a tener que permanecer guardados dos semanas, mejor estar listos.

En la casa, pusimos la Cadena Nacional y escuchamos al Presidente hacer el anuncio oficial. No podríamos salir de nuestras casas, más que a comprar cosas necesarias. Ya no se podía entrar ni salir de ningún pueblo o ciudad, porque las entradas estarían bloqueadas.

Se hablaba de una pandemia, pero no se hablaba de lo que pasaría con las personas que necesitaban trabajar día a día para darle de comer a sus familias.

Se venía un problema gordo pero con Leo igual nos planteábamos la posibilidad de seguir viaje y que la película con la que tanto soñábamos, fuera un documental que contara cómo se vivía el COVID en cada lugar.

En Mar del Sud parecía seguir la vida normal y, aunque nosotros todavía no nos decidíamos por quedarnos o irnos, decidimos acatar el ritmo del pueblo. Seguir nuestras rutinas de caminatas por la playa y atardeceres al aire libre, y empezar nuestro programa de cocina, aunque tuviera tres capítulos. Así nació “A fuego lento”, un nombre en chiste que pusimos en honor a Fran Charco, quien anteriormente filmaba su programa “A fuego” con Leo.



Nos fuimos al mar y nos sentamos en una piedra para contemplar su majestuosidad. Pero no tuvimos tiempo de nada, porque unos minutos después llegó un guardavidas y nos dijo que no podíamos estar ahí por la cuarentena. Parecía una joda de mal gusto, ya que éramos, literalmente, las únicas tres personas allí. Nos dijo que si nos quedábamos iba a tener que llamar a la policía, pero que podíamos caminar un rato por la playa como si estuviéramos yendo a algún lugar.

Le agradecimos y nos fuimos caminando hacia los acantilados. En el camino nos cruzamos con una mujer en bikini, por la orilla del mar, y que luego nos enteraríamos que su nombre era Selva. Una bendición en nuestras vidas. Nos saludó y nos contó por qué llevaba mala cara: un policía la había amenazado con llevarla presa si no se iba, unos vecinos la habían denunciado. Nos miró y nos dijo que el encierro lo único que iba a lograr es poner a la sociedad más enferma de lo que ya estaba y que nosotros, que buscábamos respirar el aire puro del mar, éramos los únicos sanos. Nunca creí que alguien pudiera decir lo que yo pensaba con palabras tan certeras.

¿En qué momento alguien pudo creer que el encierro era más seguro que la naturaleza?

Nos escondimos entre los acantilados, justo donde el mar llegaba a las piedras, y nos quedamos en silencio contemplando el mar.



El COVID se puso serio de a poco. En la entrada del pueblo pusieron controles policiales, cosa que nunca habíamos visto, y cuando salíamos hacia Miramar, nos preguntaron a dónde íbamos y por qué. Nos dejaron pasar, aunque de mala gana, diciendo que teníamos que tener barbijos y que sólo podía ir uno solo.

En Miramar nos sorprendió ver la terminal vacía y cerrada, al igual que muchos locales comerciales. Era una ciudad casi fantasma. Las filas eran larguísimas en los locales que tenían habilitación. Entramos en la ferretería para comprar cosas para la camioneta y nos horrorizamos al ver que tenía el mostrador cubierto de una tela plástica, transparente, que dividía el lugar en dos. Un hombre llevaba una gorra a la que le había pegado esa misma especie de tela y que lo cubría hasta el cuello.

Y en la radio anunciaban que eso podía extenderse hasta junio.

Por si no fueran suficientes malas noticias, el día anterior había metido la camioneta por la tranquera de la casa y rayé uno de sus costados. El mismo que habíamos pintado en el evento de despedida y el chapista nos había pasado un presupuesto de doce mil pesos, que incluía despedirnos del mural móvil. Sin contar con que tendríamos que dejarla una semana y no habían colectivos para ir y volver. Con el COVID acechando, el dedo no parecía ser opción.

Volvimos a Mar del Sud desanimados, por el ambiente de la ciudad y por las perspectivas de nuestro futuro. Pero nos costaba aceptar eso de que nos coartaran hasta la más mínima libertad, la idea de no poder caminar libremente por el pueblo nos ponía los pelos de punta. No estábamos dispuestos a doblegarnos, menos en un lugar donde el COVID parecía algo de otro planeta, donde habían solo 400 habitantes y era casi imposible cruzarse con alguien por la calle.

Nos fuimos a almorzar a la playa, a los acantilados después de la Virgen. Donde no hay casas habitadas ni gente. Bajamos al mar, pero una sensación incómoda nos invadía. Era nuestro instinto hablando, nos decía que no era seguro estar ahí. Hacía calor y yo tenía ganas de meterme al mar, por lo que me acerqué a la orilla pero antes de poder hacerlo escuché la sirena que anunciaba que estábamos en problemas.

Volví corriendo junto a Leo y juntamos todo rápido, pero era bastante obvio que estábamos quebrantando las reglas. El policía, desde arriba, nos pidió que saliéramos de la playa.

Así lo hicimos y nuestro paseo nos costó el castigo de la ley. Nos retaron por infringir el decreto emitido por nuestros gobernantes, en el que se prohíbe explícitamente circular. Nos hicieron un acta y se jactaron de su bondad al no secuestrar la camioneta. Nos filmaron, sin nuestro consentimiento, mientras nos leían el acta y nos advirtieron que la próxima iríamos presos. Presos por caminar, presos por estar en un mar vacío, presos por respirar aire puro, presos por algo que aún hoy nadie puede explicar.

Nosotros sentíamos que ya estábamos un poco presos cuando nos escoltaron hasta la casa de la cual ya no podíamos salir.


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