Primer viaje en camioneta

Salimos de La Plata un viernes alrededor de las cinco de la tarde. Tras el evento de despedida, nos habíamos tomado un descanso y mini vacaciones pre-viaje, para recuperar las energías puestas en la construcción del hogar y en la planificación de todo lo que se venía. Pasamos un par de días panza arriba, disfrutando del cielo azul de ese verano platense, del pasto verde y de charlas inagotables sobre todo lo que estábamos dejando atrás y todo lo que venía por delante.

Obvio que uno nunca es consciente de lo que le espera cuando piensa en vivir en una camioneta, ni tampoco nos podíamos imaginar que una cuarentena nos agarraría ni bien empezaba la aventura. Pero me estoy adelantando, porque ese primer viaje fue un fin de semana a la Reserva Natural Elsa Shaw de Pearson, también conocida como “El destino”.

La idea era hacer una última prueba. Hasta ese momento nunca habíamos vivido cien por ciento en la camioneta. Es decir, no habíamos pasado tiempo habitándola como un hogar, ni cocinando dentro de ella, ni preocupándonos por tener un baño cerca. No sabíamos qué pasaría con nuestros muebles y objetos cuando empezáramos a viajar, porque hasta ese momento, solo la habíamos decorado y armado como si fuera una casa común y corriente.

Pero hasta que arrancás, no te das cuenta de todo lo que te falta y te sobra. Así que, ese primer finde viviendo en la Caracola, era nuestra prueba de fuego. Allí nos daríamos cuenta qué teníamos que dejar, qué teníamos que llevarnos y qué nos faltaba.



Entonces, como les decía, salimos de La Plata un viernes, pasamos por un supermercado y una verdulería y nos aprovisionamos con todo lo que creíamos que necesitaríamos. Teníamos entendido que en la Reserva no había despensa, aunque al llegar descubrimos que sí -de todos modos esa compra vino bien porque era una despensa pequeña-. Pasamos también por una casa de camping, a comprar una garrafa chica con una hornalla y dos vasos.

Ya estábamos listos para vivir en la Caracola.

Pero esos últimos días habían sido un poco caóticos y abrumadores, las ciudades no se llevan bien con nosotros o nosotros no nos llevamos bien con las ciudades, no lo sé. Entonces veníamos de días de no saber ni dónde estábamos parados, de agotarnos por cosas simples, de que cualquier gotita rebalsaba los vasos, las copas y las tazas.

Nos encontrábamos en un terreno sensible y si ese fin de semana no salía bien, quizás hoy no podría contarles ésta historia.

El camino a la Reserva, ubicada entre Magdalena y Punta Indio, fue toda una prueba. Salimos de día, con la esperanza de llegar antes de que oscureciera ya que el lugar no quedaba tan lejos. Eran unos sesenta kilómetros.

Nos encontramos con un camino de tierra, un tanto destartalado, que nos hacía saltar como si fuéramos por arriba de un serrucho. Dentro de la camioneta todo hacía ruido. Las cosas se golpeaban, las puertas de los muebles se abrían y se caían los objetos. Ahora, después de tanto tiempo, ya la tenemos clara -o casi-, pero en ese momento, ni siquiera se nos había ocurrido que todo se podía salir de lugar al más mínimo movimiento.

Yo miraba hacia atrás y veía cómo la casa dejaba de ser casa, miraba a Leo y me encontraba con su mirada seria. Trataba de respirar profundo, pensando “esto también pasará” pero al mismo tiempo el ruido constante de todo me ponía mal. Me gusta mucho el silencio, me gusta la calma y tengo la capacidad de escuchar mucho, lo cual a veces es bueno y otras, como en ese caso, no tanto. Cada tintin, crack, chin, pum, se escuchaba tan penetrante que, mientras saltaba en el asiento, me preguntaba por qué. Los parlantes no sonaban bien, todavía no conocíamos tanto el motor y hacía ruido. Bueno, en fin, caos en forma de casa rodante.

Pasamos por una cárcel y un regimiento policial y se nos puso la piel de gallina. En ese contexto -o en cualquiera-, sentir esa energía tan pesada y oscura nos hacía achicarnos más en nuestros asientos. La noche se acercaba y parecía que el camino era eterno.

Pero siempre hay una señal de que vas bien; cuando más te lo cuestionás, algo pasa. Un atardecer de campo se reflejaba en los arroyos que cortaban el camino y que nos obligaban a pasar por un puente. Sabíamos que quedaba poco al pasar por allí. Los colores del cielo y del suelo eran tan impactantes que no importaba nada más, podíamos desaparecer y fundirnos en esa burbuja natural.

Y finalmente, llegamos. Casi no nos dejan entrar, porque habían horarios de entrada y salida. Les pedimos que hicieran una excepción por ésta vez, que sólo queríamos descansar y que había sido un día muy largo. Se apiadaron de nosotros, a regañadientes, y nos dejaron pasar. Ahora no recuerdo bien cuánto gastamos, pero sé que nos cobraron por la camioneta y por nosotros, por noche. Algo así como dos mil pesos las dos noches.

Atravesamos la tranquera, entramos por un sendero marcado y doblamos a la izquierda en una zona de camping, donde todavía no había nadie. Elegimos un lugar bajo unos árboles muy altos, junto a una mesa de madera y cerquita de un claro. La luna iluminaba bastante, pero así y todo, se veía pura oscuridad.

Acomodamos la camioneta de tal manera que la cama quedara lo más recta posible -ya habíamos aprendido que cualquier inclinación nos mataba la espalda- y apagamos el motor. Nos quedamos en silencio contemplando la calma. Disfrutando de que la camioneta no hiciera más ruidos.

Pasamos a la parte de atrás y con paciencia acomodamos todo en su lugar. Nos metimos en la cama, nos abrazamos y yo me dormí deseando que el día siguiente fuera mejor.



Cuando salimos de la cama no podíamos creer el lugar en el que estábamos. De noche no lo habíamos podido apreciar, pero con luz, todo cambiaba. Para ver las copas de los árboles había que tirar el cuello hacia atrás, al máximo, y llevar la mirada hacia el cielo. Alrededor todo era verde y marrón, como si nos hubiéramos teletransportado a otro tiempo. Sin construcciones a la vista, más que la de una vieja estancia y el chalet de bienvenida.

Todo cambió porque estar en la naturaleza era el verdadero motivo de todo esto. Encontrarnos con ese mundo tan real era el fin. Solo queríamos correr las cortinas de la ventanita de atrás y ver cada día un paisaje nuevo.

Ahí estábamos, apreciando cada ranura en las cortezas de los árboles. Disfrutando de cada florcita dispersa por el suelo, caminando entre distintas especies de árboles y siguiendo con la mirada las mariposas que nos revoloteaban.

Al ver la camioneta abierta de par en par, en contraste con ese paisaje, entendimos que todo lo que había pasado valía la pena por estar ahí, en ese lugar tan cercano y tan mágico.



Descalzos caminamos buscando el mejor lugar para desayunar. Por el claro que se encontraba atrás nuestro, entraba el sol de la mañana y unas mariposas jugueteaban junto a unas gallinas y gallos. El pasto crecía bien verde y al poner el aguayo sobre éste, nos dimos cuenta lo mullido que era.

Calentamos agua en la garrafita y sacamos un poco de pan, aceitunas, queso y fruta que teníamos guardada en la conservadora. Nos quedamos allí un rato, disfrutando del sonido natural de la vida: hojas, pájaros, pisadas.

Respiramos hondo y nos abrazamos, como pidiéndonos perdón por las cosas que no habían salido bien y nos aceptamos, una vez más, como éramos. No sólo en nuestras individualidades sino en ese nosotros que poco a poco tomaba forma y crecía. Cada vez que dudábamos, la respuesta era el amor. Sobre todo en momentos difíciles.

Decidimos hacer una vueltita de reconocimiento, esa primera caminata que te da un panorama de lo que te vas a encontrar y que define tus caminatas posteriores. Nos encontramos con unos jardines muy hermosos, que tenían senderos y caminos marcados. Nos encontramos con una especie de altarcito redondo, rodeado de flores de distintos colores y nos echamos en el suelo a leer. Nuestro pasatiempo es leernos en voz alta, un capítulo cada uno. Compartir la naturaleza y el arte, era lo más sagrado que teníamos, y en ese altarcito hacíamos nuestra ofrenda al mundo. Una ofrenda cargada de simplicidad, de pequeños actos cotidianos que nos enseñarían más de lo que jamás hubiéramos creído.



Al volver al campamento, nos dispusimos a cocinar algo rico. Mientras lo hacíamos disfrutábamos de vivir al aire libre: la cocina estaba fuera, la mesa también, lo mismo para lavar los platos. Y mientras charlábamos de lo gracioso que era despertarnos y tener una gallina en el patio, una chica se acercó a nosotros.

Creemos que las personas que llegan a nuestras vidas, aunque sea por un breve instante, son mensajeras. Que todos tenemos algo que enseñarnos, compartirnos y aprender de cada una de las personas que nos cruzamos. Ella nos enseñó que estaba bien que no nos conformáramos. Porque, en realidad, nosotros cambiamos todo el tiempo -las personas en general- y satisfacemos las necesidades y deseos de un nosotros pasado. Entonces, al cambiar y a la par estar atendiendo una necesidad pasada, nos sentimos disconformes. Cuando vimos eso con más claridad, empezamos a aceptar las cosas como eran.

Tras el almuerzo, nos fuimos a caminar otra vez, pero durante horas. Caminamos entre bosques, pantanos y los mismos jardines que habíamos visto esa mañana. Cruzamos puentes, nos perdimos entre los árboles y disfrutamos los senderos que nos iban enseñando sobre cada una de las especies que allí habitaban.


Perseguimos mariposas enormes de alas blancas y nos hicimos amigos de un perrito que nos siguió por un largo rato. El paseo sin rumbo tuvo un final: el río.

Llegamos al borde del pantano esquivando juncos y charcos, y buscamos un lugar seco para sentarnos a tomar unos mates y charlar. Pasamos mucho tiempo ahí, tanto que el sol se escapó de nosotros y dio paso a una luna casi llena que resplandecía en un cielo celeste, rosa y violeta reflejado en el agua calma del río y en sus bancos de arena.

Parecía un espejo gigante lleno de colores pasteles. Y por detrás, el pantano se convertía en bosque. Hay algo loco en la hora del atardecer, no sé si lo notaron alguna vez, pero es como si el mundo entero se pusiera en pausa, como si toda la energía bajara a la tierra y pudiéramos respirar profundo por primera vez.

Despedimos ese día cargados de energía y lo vivimos como si hubieran sido muchos días en uno solo.

Al volver a la Caracola, nos sentimos muy agradecidos de poder estar ahí, de poder conectar así con la naturaleza y de aprender a cada paso algo nuevo. Cenamos con un armadillo que se metió entre nuestros pies y nos reímos de que cada vez que decimos que queremos más naturaleza, la naturaleza se nos tira encima.


Nos tomamos un vino en la hamaca que Leo colgó de dos árboles y nos mecimos en ella hasta que el sueño se apoderó de nosotros. Hablamos horas y horas sobre la magia del mundo, sobre nuestra forma de ser, sobre la vulnerabilidad, sobre la paciencia y el amor.

Y tomamos una decisión: el viaje no podía esperar más, en dos días nos íbamos a nuestro primer destino, todo lo que quedara por resolver lo resolveríamos en esos días y lo que no, ya veríamos cuando fuera realmente necesario. Mar del Sud nos esperaba, junto con la cuarentena.




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