Potencia y dulzura

Admito que estamos un poquitito locos y que nos gusta hacer mil cosas a la vez. Es nuestro lado Capricorniano, que nos lleva a la vorágine de querer ser productivos, y nuestros lado Geminiano, que nos lleva a querer convertir la vida en un gran juego.

Y eso hacemos, jugamos en éste inmenso tablero de mil caminos y posibilidades.

El mismo día que compramos la camioneta, ya estábamos planeando hacer un evento de despedida en La Plata. Mandamos algunos mensajes: para la comida, para la música y para el lugar. Cuando eso estuvo confirmado, comenzó una odisea que yo llamé: la casa, la boda y la luna de miel.

No porque nos fuéramos a casar realmente, sino porque nos habíamos embarcado en una locura de situaciones que nos llevarían a planificar un evento con las dimensiones de un casamiento, mientras armabamos la Caracola como un hogar y planeábamos lo que necesitábamos para empezar a viajar. ¿Se imaginan lo intenso que es eso? Tan intenso que casi nos separamos siete veces, porque nosotros también lo somos jeje.

El evento era clave para comenzar la aventura, porque en todos los arreglos de la camioneta nos habíamos quedado sin plata para poder empezar a viajar. Teníamos el vehículo pero no la nafta jeje.

Así que, sin dudarlo, dividimos nuestras ideas en tres situaciones diferentes y poco a poco, la casa y el evento, paralelamente, iban tomando forma mientras soñábamos la ruta que bordeaba las costas argentinas hasta dejarnos en el Faro del Fin del Mundo.

Unos días antes del 1 de marzo, el día de la gran despedida, fuimos a ver a Pablo Linot, un viejo amigo de Leo que tenía imprenta y que se había encargado de hacer todas las postales y señaladores que queríamos tener para el viaje. Mientras nos mostraba cómo habían quedado, le contamos del proyecto, de lo que soñábamos y le decíamos que nos encantaría que nos acompañara siendo nuestro patrocinador. Nuestra idea era comprar las postales y señaladores y luego hacer en conjunto unos almanaques o libretas, con el logo de Linot y fotos nuestras.

Nos dio la caja con todo el material y un papel que decía un monto final de cuatro dígitos, menor al que creíamos que íbamos a gastar. Eso para nosotros ya era un lujo. Cuando estaba por darle el efectivo nos dijo:

Esto es a cuenta Con Leo nos miramos con la boca abierta

¿A cuenta de qué?

— A cuenta del proyecto, los voy a apoyar.

No lo podíamos creer, lo abrazamos y charlamos de todo lo que podíamos hacer juntos. Para nosotros era soñar despiertos, todavía no habíamos salido a la ruta y ya teníamos nuestro primer patrocinador. A partir de ahora: nos empuja Linot.

Esos días, que todo era prisas y corridas, una noticia así nos hacía un mimo al corazón.



Al día siguiente viajamos a Temperley, a buscar un mueble que habíamos mandado a hacer para la casa. Sergio, el carpintero, era un hombre super amable y considerado, que se puso el proyecto sobre los hombros y en un día lo hizo. Además nos cobró sólo los materiales porque, desde el lugar que él podía, nos quería ayudar.

Subimos a la autopista como si fuera el viaje más esperado: el sol brillaba con intensidad, el cielo despejado se mostraba azul claro y en la Caracola sonaba la lista de spotify que habíamos creado para el evento. Cantábamos a los gritos mientras en el aire volaba una avioneta por encima de nosotros y cruzaba el sol como en una película. Nuestra película: éramos protagonistas de la vida que elegíamos. ¿El mundo? Nuestro set de rodaje.

Y aunque el mueble no había quedado perfecto, porque yo me equivoqué al pasarle las medidas, estábamos muy felices de ver la casa cada vez más habitable.

Cuando volvimos nos fuimos para lo de Chelo, donde nos quedamos a dormir para pulir los detalles de la despedida. Agotados, porque el cuerpo no podía correr más, terminamos ese día sentados en unas hamacas, observando las luces colgadas, tomando un ron con él y con Lu mientras recordábamos y soñábamos. Cada paso que dábamos nos hacía estar más cerca de quién realmente queríamos ser.

Nos acostamos llenos de ansiedad y casi sin poder dormir pasamos la noche. “Mañana es el día” nos decíamos y sentíamos que los minutos no pasaban. Dimos vueltas en la cama hasta que el sol salió y nosotros salimos con él. Diría que brillamos con él.

Después del desayuno, empezamos a exprimir naranjas, a acomodar los almohadones y mantas, colgamos las luces, armamos el escenario, nos hicimos unos mimos, acomodamos la Caracola y, si pueden imaginarlo, el lugar se veía así:

El escenario eran un par de micrófonos enmarcados, por detrás, con cuadros de pinturas hechos por Silvana Rucci, la mamá de Chelo, rodeados de luces que colgaban de un árbol y que, a su vez, iluminaban a la Caracola, a su izquierda. Estaba estacionada en diagonal, de cara a todo el parque mientras Azul, la muralista, la lijaba para darle un par de toques amorosos con pinceles y colores. A la derecha del escenario dos hamacas colgaban, y mantas y almohadones de todos colores funcionaban como una platea hippie. Atrás, dos livings de sillones y mesitas, y entre medio de la gente, postales y libros distribuidos en una mesa alta. Para mí era un sueño cumplido, algo que venía pidiéndole al universo hacía tiempo: poder vivir de mi arte, poder poner un puestito con libros y compartir con distintas personas un momento de charla y de intercambio.



Los fogoneros, como portales, esperaban a ser prendidos y dividían el lugar en dos: atrás la comida, adelante la música. La barra del jugo junto con dos cajones de naranjas exprimidas aguardaban junto a dos canastos llenos de fruta y un exprimidor (que daba algunos problemas). De frente un gacebo, una mesa y luces, que esperaban la comida y, en la entrada, otra mesa, más alta y fina, oficiaba de recibidor, con números que serían usados para el sorteo y una bolsa que funcionó como urna hasta que la verdadera llegó.

Los invitados empezaron a llegar a las 17hs puntual y nosotros todavía estábamos preparando cosas para el evento. Así que nos turnabamos para abrir la puerta y saludar a nuestros invitados, y al mismo tiempo nos vestíamos, enchufabamos cosas, acomodabamos otras. Para las 18hs ya habían cuarenta personas. La música se camuflaba entre las conversaciones. Herlo y su compa llegaron y se pusieron a armar la mesa con sandwiches vegetarianos y birra artesanal, dos cosas que probamos en uno de esos momentos en que nos encontramos y pudimos parar un ratito. La torta, hecha por nuestra amiga Romi, no la probamos, pero todos estaban contentos por la mesa dulce jeje.

El lugar se llenó de a poco. Y cuando nos dimos cuenta íbamos a necesitar más espacio, por lo que corrimos los fogoneros cuando la gente ya no entraba. Empezó con una clase de yoga, guiada por una gran amiga llamada Dei, que logró llenar de mantas y colchonetas el lugar, mientras amigos y familiares estiraban las piernas y el cuerpo.



Teníamos un poco de miedo, de que nadie se prendiera a hacer yoga, pero por suerte muchas personas habían ido con ansias de ese momento y lo que se generó fue muy lindo: una tranquilidad en el ambiente que solo se veía perturbada, en el buen sentido de la palabra, por los juegos de los niños. Pero para ellos también había yoga y también había entretenimiento: Pablo, con sus animaciones, nos hizo volver a la infancia y juntos cantamos temas infantiles como: un elefante se balanceaba… Volvimos a ser niños, a reírnos y sorprendernos. Todos los invitados pequeños, jugaron y se divirtieron, nos hicieron dibujos para que nos llevemos y le dieron vida al lugar. Estábamos felices por tener un evento apto para todo público y compartir, grandes y chicos, la magia de la música y el amor.

Siguió Chelo, al atardecer, regalándonos sus canciones al ritmo de una guitarra con mil historias para contar. Para ese entonces, el evento había tomado la forma que nos imaginábamos, o más bien que soñábamos.

Cuando me tocó a mí, la vergüenza me ganó. Pocas veces había pasado a ser el centro de atención para leer algo mío, para compartir mi arte y todas habían sido durante el último año. Nunca tanto tiempo. Pero estoy agradecida por la paciencia y la atención que me dedicaron esa noche. Leí un cuento llamado “Margarita, la flor traviesa” que hablaba sobre romper con los miedos ajenos y animarnos a sacar las raíces de la tierra para cumplir los sueños propios. Los niños comentaban cada palabra que decía y eso me envalentonaba para seguir. Y tras agradecer, invité a todos a conocer a la Caracola por dentro.



Durante la noche había estado cerrada, porque Azul la estaba decorando. Pero para ese momento ya había terminado y abrimos las puertas. Lo que sucedió después fue magia pura: niños y niñas de todas las edades se sentaron a la mesa a pintar y jugar, era una casita de muñecas tamaño real, no puedo ni imaginarme lo divertido que fue para ellos si para nosotros es una fiesta cada vez que entramos. Muchas personas entraron y salieron de nuestro hogar, dejando mensajes y disfrutando de la calidez de la Caracola.



El evento siguió con la música de Juan Russo y Nico Soares Netto, que nos compartieron canciones propias y versiones de canciones que nos encantan. Después hicimos el sorteo, por el que se inició todo la idea del evento cuando encontramos esos CD’s de Jeites en nuestra camioneta. A eso, agregamos un mate de amatista, 3 voucher de compra en Oasis Moda, 2 libros míos, postales y señaladores.

Siguió Munay, que se habían reencontrado para tocar en el evento y fue hermoso. Después Mile Salamanca junto a su hermano, nos regalaron un momento precioso logrando que todos canten suavemente “Duerme negrito”. Fue increíble.

Cerró oficialmente Ticky y me enamoré de su voz otra vez. Fue como cerrar un ciclo, porque algunos meses atrás, Leo me había invitado a escucharlo. Yo no lo conocía pero fui bajo la premisa de que me iba a encantar. Esa noche, no sólo descubrí que la música de Ticky me encantaba, sino que también descubrí que Leo era la persona que quería tener a mi lado por el resto de los días. Así que tener a Ticky esa noche para mí era un sueño.

Con Leo nos encontramos y nos desencontramos a lo largo de toda la noche y, aunque por momentos yo sentía que no estaba presente, cuando nos veíamos volvía a la tierra, al ahora. Entre las corridas de falta un vaso acá o se desconectó un cable allá, disfrutaba el evento de a ratitos, las canciones las escuchaba cortadas o de fondo, como si todo eso no fuera para mí sino para todas las personas que nos acompañaban esa noche. Encontrar la mirada de Leo entre la de todos los demás era sentir plenamente la felicidad que me invadía y que por momentos me olvidaba.

El evento terminó con una zapada colectiva donde tocaron Nahuel Piscitelli, Fede Martinez y Fede Disanti. Cuando cantó “Contacto”, un tema que a Leo y a mi nos encanta y que Leo le pidió especialmente para esa noche, nosotros pudimos relajarnos por fin. Nos sentamos en primera fila y nos dejamos envolver por sus melodías y por un instante sentimos que solo nos cantaba a nosotros. Que todo alrededor había desaparecido y ese momento de tranquilidad y calma que tanto anhelábamos había llegado. El tiempo quedó suspendido, solo estábamos nosotros y Fede, que nos sonreía y nos miraba mientras sus palabras nos cautivaban. No sé si alguna vez les pasó, de sentir que el espacio físico desaparece y el tiempo se dilata, pero así nos sentimos nosotros durante un tema que pareció eterno.

Al terminar, volvimos a la realidad, una realidad encantadora donde la música seguía sonando mientras Chelo prendía un fogonero e invitaba a los músicos a dejar los micrófonos para volverlo más íntimo. La transición de los chicos tocando y caminando hacia la ronda que se iba formando fue hermosa. En círculo todos cantaban y la guitarra pasaba de mano en mano.

Nosotros volvimos al movimiento, de despedir gente que se iba y disfrutar con amigos. Y en un momento, me quedé atrás observando, sola de a ratos, con Leo o con amigos y todos me decían que vaya adelante. Pero yo estaba feliz, descansando en un sillón mientras veía una peli maravillosa. A veces ser espectadora esta bueno.

Terminamos metidos en la camio, leyendo los mensajes que nos dejaron hasta que vino Lu y nos dio sus regalos. Con Leo explotamos en llanto porque nos regaló una alfombra que habíamos visto tiempo atrás y que no pudimos comprar, pero son de esas cosas que dijimos: “algún día la vamos a tener”. Obviamente no lloramos por eso, sino que fue el disparador que nos hizo entender que todo lo que soñábamos podía volverse realidad.

Al final compartimos el living con varias personas. Nos quedamos adentro de la Caracola hasta que se fueron todos los invitados. Nos regalaron libros, CD’s, que escuchamos siempre, y DVD’s que nos guardamos para cuando el wifi no exista. Personalmente recibí muchas palabras de amor de gente que no conocía tanto o que conocí esa misma noche. La mamá de un amigo de Leo me dijo que nosotros éramos la potencia y la dulzura, algo que me pareció acertado, porque juntos hacemos que todo parezca posible y todo lo que construimos se transforma en amor.

El evento terminó y nosotros nos quedamos abrazados, felices, agradecidos, inundados de emociones que se iban presentando a medida que la ansiedad bajaba. Nos relajamos y caímos en la cuenta de que 150 personas pasaron por allá esa noche y que todo había salido mejor de lo que creíamos.

Para terminar esta historia, queremos agradecerles a todas las personas que fueron parte y que disfrutaron de esa noche. Porque sin todos y todas ustedes no hubiera sido lo mismo. Llegamos al día del evento sin más que unos pocos pesos y gracias a toda la ayuda y colaboración de las personas que nos compraron un libro o postales, que colaboraron con la entrada o se sumaron a cantar, pudimos empezar nuestro viaje. No podríamos haberlo hecho sin ustedes, que confiaron en nuestro proyecto y eligieron acompañarnos. Eternamente agradecidos, sobre todo por el amor que recibimos.

Ahora sí, empieza la ruta.


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