Poner el cuerpo

Actualizado: 4 jun 2020

Llegamos a Mar del Sud y estacionamos la camioneta en el patio de la casa en la que estábamos (la misma en la que estamos hoy, tantos meses después). La felicidad nos recorría el cuerpo entero, no podíamos creer que todo lo que habíamos deseado se estuviera convirtiendo en realidad. Tener las llaves de nuestra casa era un lujo.

Nos dimos la libertad de tomarnos ese día para descansar, porque sabíamos que lo que nos esperaba era un duro y hermoso trabajo. Nos fuimos al mar, nos sentamos cerca de la orilla en esas playas que tanto nos gustan, miramos el horizonte y esperamos que el sol se escondiera detrás de nosotros. El cielo y el agua se tiñeron de mil colores mientras las luces naranjas, de un pueblo en pasado, se iban prendiendo. La lluvia había quedado detrás, igual que algunos de nuestros miedos. Y ahí estábamos, viendo cómo un nuevo día terminaba, sabiendo que una nueva vida empezaba.

Al día siguiente, nos despertamos a las ocho de la mañana y preparamos el desayuno. Sabemos que nuestro día empieza después del ritual mañanero de amasar el pan, armar el mate, cortar la palta, el queso y hacer los huevos. El aire libre, una mantita y música suave. El sonido de los pájaros, los ladridos lejanos y unos mimos de buenos días. Y después empieza la vida, el trabajo, los trámites.

Así que, como cada día, ese 6 de febrero nos mimoseamos, nos acordamos que teníamos la casa estacionada afuera y tras el desayuno empezamos un viaje que nos llevaría por todos lados.

Antes del mediodía teníamos que estar en Mardel para terminar con toda la burocracia así que decidimos hacer una limpieza general, aunque no fuera tan profunda. Pero estábamos tan manijas que no podíamos manejarla sin por lo menos haberla vaciado un poco más.

Sacamos las maderas de los laterales, que de tanto viaje estaban húmedas y manchadas, queríamos cambiarlas o lijarlas, pero sin sacarlas no podíamos darnos cuenta del daño real. Al final desistimos y las tiramos. Encontramos papeles y mugre en todos los rincones, tierra de muchos años y muchos países. Sacamos las cortinas, que parecían hechas con pantalones hippies reutilizados, y nos dimos cuenta de lo luminosa que era. Encontramos una clava y cinco discos de Jeites. Pusimos uno en el estéreo y empezó a sonar un tema que a Leo le encantaba y al que ahora le encontrábamos un nuevo significado:

“Necesito correr,

necesito aire,

necesito urgente

enamorarme.

Necesito encontrarte

y verte la cara

para que tenga destino

esta pérdida mirada.

Necesito

soltarme en la corriente y viajar,

ser una gota más en el río

que al fin llegará al mar.

Será una ola

en tus orillas.”

Durante la limpieza, uno de los tantos perros que nos acompañaban (y lo siguen haciendo) se subió a la camio y disfrutamos de su compañía, y un poco en broma le dije a Leo que ya teníamos compañero. Es que los perros son mi debilidad, todavía estoy tratando de convencerlo, pero esa es otra historia.

Dimos por finalizada la limpieza cuando encontramos Siddhartha, un libro de Hermann Hesse que nos habían recomendado infinitas veces, tanto juntos como separados, y que, en el fondo de nuestro corazón, sabíamos que algún día nos iba a llegar. Diría “qué casualidad”, pero hace tiempo no creemos en eso.

Y todo eso pasó antes de las 10.30, también por eso sabemos que el tiempo es relativo. Antes de seguir con la historia les voy a compartir un fragmento de Siddharta que me gusta mucho:

Vasudeva no era amigo de palabras, raras veces lograba hacerlo hablar. Un día le preguntó:

— ¿También a tí te enseñó el río aquel secreto: que el tiempo no existe?

Una clara sonrisa iluminó el rostro de Vasudeva.

— Sí, Siddhartha —repuso—. Te estarás refiriendo sin duda a lo siguiente: que el río está a la vez en todas partes, en su origen y en su desembocadura, en la cascada, alrededor de la barca, en los rápidos, en el mar, en la montaña, en todas partes simultáneamente, y que para él no existe más que el presente, sin la menor sombra de pasado o de futuro.

— Así es —dijo Siddhartha—. Y cuando me lo enseñó, me puse a contemplar mi vida y advertí que ella también era un río y que nada real, sino tan solo sombras, separan al Siddhartha niño del Siddhartha hombre y del Siddhartha anciano. Las encarnaciones anteriores de Siddhartha tampoco eran un pasado, como su muerte y su retorno a Brahma no serán ningún futuro. Nada ha sido ni será; todo es, todo tiene una esencia y un presente.

Y luego Siddhartha se pregunta: ¿No era acaso el tiempo la sustancia de todo sufrimiento?

Y yo les pregunto, si el tiempo no existe ¿Qué hacemos corriendo atrás de un reloj?


Volviendo a la historia, a las 10.30 estábamos yendo para el registro a buscar las cédulas verdes. A la pasada, visitamos a Amador para contarle que todo había salido bien y para dejar los dos asientos traseros en su casa. Es que para nosotros ocupaban mucho espacio y para él, eran un gran recuerdo con valor sentimental. Trajo sus herramientas, se tiró al piso y con la ayuda de Leo los sacaron.

Almorzamos mirando el mar y haciendo listas mentales de todo lo que teníamos que comprar antes de volvernos al pueblo: verduras, frutas, quesos, semillas, legumbres, líquido para frenos, anti grasa, guantes, rejilla, revividor de plásticos y tela para las cortinas.

El 7 de febrero empezó el trabajo fuerte: sacamos todas las maderas, tornillo por tornillo con un philip y sin anotar ni marcar dónde iba cada cosa, primer grave error. También sacamos la mesa y la estructura de metal que la contenía. Entre madera y madera tomábamos un mate, nos tirábamos en el piso, jugábamos con los perros o charlábamos de dónde iría la cocina y dónde la ropa. Desconectamos los parlantes y la batería. Intentamos sacar la estructura completa de las bauleras-cama, pero pesaba tanto que decidimos dejarla ahí hasta que fuera realmente necesario quitarla. La mantuvimos levantada hasta quitar toda la goma negra que cubría el piso y hasta que la última gota rodó por nuestras frentes. La verdad, es que para cuando terminamos de sacar todo, nos dimos cuenta que necesitaríamos el doble de antigrasa que habíamos comprado.

Había óxido por todos lados, incluso en el piso del conductor donde se había hecho un agujero. Partes de las gomas estaban podridas, por lo que las tiramos y luego pasamos productos de limpieza por todos lados. Logramos que quedara limpia y lista para el siguiente paso: ponerle un piso lindo y paredes.

Nos fuimos a dormir a las ocho de la noche, con los brazos y las piernas doloridas, con el peso muerto del cuerpo desplomado sobre la cama y nuestros cuerpos abrazados.

Pero, ese sábado siguiente, las cosas no nos salieron tan bien como esperábamos. Nos fuimos a Mardel a buscar pisos de vinilo: entramos a cada local de construcción, pisos, pintura y decoración. Recorrimos la ciudad de punta a punta y no conseguimos nada. En todos los locales nos decían tenés que ir a tal lugar, el único lugar de Mardel donde vendían esas cosas. Nosotros pensábamos: tanto ruido, tanta gente, tanto local y uno solo vende lo que buscamos. Nos fuimos enojados y frustrados, sabiendo que tendríamos que esperar hasta el lunes para poder comprarlo. Lo que significaba dos días perdidos de trabajo. Nos volvimos a casa con la cabeza baja y el corazón resignado y nos volvimos a dormir a las ocho de la noche, esperando que el fin de semana se pasara volando. Por suerte esa idea cambió un poco al día siguiente y disfrutamos del domingo de fiaca. Tampoco vivir enojados ¿No? jeje.

Y el lunes se convirtió en uno de esos días maratónicos en los que parece que las horas del reloj se estiran a nuestro antojo.

Nos despertamos un poco malhumorados los dos, porque las lunas llenas nos alteran los ánimos, pero sin dudarlo arrancamos temprano. Nos levantamos, armamos el mate y salimos para Miramar.

Paramos en dos lugares para ver si tenían pisos pero a la segunda negativa decidimos ir directo a lo seguro: un lunes a la mañana, no podía fallar. Compramos bizcochitos y salimos a la ruta sin frenar hasta el local que nos habían recomendado.

Al llegar, medimos la camioneta y el empleado nos dijo que el piso nos iba a salir alrededor de 6 mil pesos. Nos dio un poco de tristeza saberlo, estábamos con las monedas contadas pero sabíamos que eso cambiaría todo, que convertiría la camioneta en un hogar.

Miramos todos los pisos que habían, empezando por los más baratos. A mí, obviamente, me gustaba el más caro, no porque sea caro sino porque el color era el más lindo. A Leo le daba igual, si era por él poníamos uno verdoso que parecía de madera podrida. Hice un poco de berrinche, debo admitir, y elegimos un piso de precio intermedio que se ajustaba a nuestros gustos.

Leo me dijo, tan amoroso como es: es tu casa, te tiene que gustar. Y entendí que el dinero no es lo más importante. Después de desplegar por el piso cuatro o cinco rollos de vinilo, encontramos el adecuado, el más lindo.

Compramos todo para colocarlo y pasamos por Miramar a buscar lo que faltaba para hacerla habitable: paredes y luz. Elegimos un terciado de pino de 3 mm de un color claro, que cortamos a medida para colocar como pared, y unas luces dicroicas cálidas, nunca entendimos por qué la gente compra luces blancas para sus casas, es más ameno estar en un ambiente cálido y no sentís que estás bajo un reflector las 24hs.

Para cuando llegamos a la casa eran las 14.30 y mientras la comida estaba en el horno, pegamos el piso, solo habiendo visto un video en Youtube. Pusimos la goma vieja sobre el vinilo, lo marcamos con un lápiz y con un cuter le di forma. Leo puso el pegamento en toda la camio y la estiró con un palo (aunque nos habían dicho que eso se hacía con una espátula dentada que salía tan cara como el piso je). Yo lo llevé a todos los rincones con un cepillo y después pegamos con cuidado todos los rincones, sacando el aire con una madera envuelta en los retazos sobrantes. Segundo grave error.

Cuando terminamos, estiramos el aguayo, pusimos la tablitas de madera y almorzamos, en un merecido descanso. Pero todavía queríamos más y, al terminar, nos fuimos a la ferretería del pueblo a comprar pintura blanca para los muebles. Leo, el día anterior, había lijado un poco las maderas y yo me encargué de la pintura mientras él limpiaba los tapizados de los asientos con una espuma.

Por si fuera poco, de Mar del Plata a Mar del Sud manejé gran parte yo, casi sin indicaciones, aunque con mucho miedo. Fue tan hermoso aprender a manejar mi propia casa.

Al final del día, sentados en el patio miramos un atardecer de la vida real, no de película: los atardeceres son de la vida real. Y mientras descansábamos el cuerpo en reposeras hablábamos de todos los sueños que teníamos por delante.

— No puedo creer que hayas dicho eso —me dijo cuando nos acordábamos de la primera charla que tuvimos, esa en la que le dije que para mí teníamos que viajar en camioneta por la costa Argentina—. Llegamos acá con una mochila cada uno y nos vamos con nuestra casa.

Las risa se apoderó de nosotros. Cuando algo parece mentira nos reímos muy fuerte, como si fuera una manera de comprobar que está pasando de verdad.

Hablamos de que éste era el sueño que mucha gente no llega a cumplir y que para nosotros era totalmente posible desde antes de concretarlo, hace tiempo que ya nada nos parece imposible. Finalizamos el día mirando una luna llena, amarillenta y brillante reflejándose en el mar.

Pienso que no hay mejor tiempo que el que invertimos para nosotros mismos y nuestro futuro. Que no hay casa más linda que la que construimos con amor y con las propias manos. Que todo se puede aprender, que no hay que dejar que otros hagan lo que nosotros podemos hacer porque no hay nada más placentero que ponerle el cuerpo a algo.

Irse a dormir con cansancio físico y feliz es la clave de un sueño profundo.



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