Lo que pasa cuando dormimos

Dormir dentro de la Caracola es tan divertido como difícil. Hay que tener en cuenta muchos factores a la hora de estacionar: la luz, lo que hay alrededor, las calles cercanas, el suelo. Sobre todo, el suelo. Nadie te lo dice, pero acá les va un secreto: hasta la más imperceptible de las inclinaciones hace que te levantes con la espalda doblada y te caigas de la cama mientras dormís.

La cuarta noche en la Caracola, fue la primera en la que realmente fuimos conscientes de cómo elegir el lugar. La primera la habíamos pasado en una estación de servicio, al lado de una ruta. Las dos siguientes bajo el refugio de un árbol en un festival y la cuarta, frente al mar.

Llegados a Gesell, agotados de estar de acá para allá, decidimos pasar unos días descansando. Aunque habíamos hecho de todo, todavía no habíamos podido estar en nuestra casa como queríamos. Esos dos días iban a ser la calma previa a la tormenta jeje.

Luego de que Silvia nos regalara el acolchado, cargamos el termo con agua caliente y nos fuimos a buscar el mejor lugar para dormir. Recorrimos todas las playas del sur en busca de la ideal y, cerca de la 150, encontramos una que tenía el suelo firme, estaba rodeada de médanos y no tenía luz artificial.

Empezamos a meternos hasta que en un momento nos dimos cuenta que la arena se ponía más floja y, como no queríamos encajarnos, tuvimos cuidado y volvimos para atrás. Desde ese día hasta hoy, ya nos encajamos un par de veces jeje.

Estacionamos, con la cola de la camioneta y nuestras almohadas, mirando al mar y caímos en un sueño profundo. El silencio que nos envolvía, la calma y la noche estrellada nos acunaron. La paz invadía nuestro hogar que, por primera vez, podíamos disfrutar.

Nos despertamos cuando el sol estaba a punto de asomarse y vimos como el cielo se iba transformando. Como el azul oscuro de la noche se fundía con tonos rojizos y anaranjados intensos, y se tornaba violeta. Los rayos de luz atravesaban las nubes mientras nosotros nos desperezábamos en la cama y sonreíamos, sin poder creer lo que nuestros ojos veían. Un espectáculo de luces y gaviotas, de una ciudad que dormía apaciblemente mientras un mundo despertaba.

Dejamos las cortinas corridas, invitando al sol a entrar para que juegue con las sombras de los libros y libretas. Para que contornee nuestros cuerpos desnudos, que se estiraban y se acariciaban agradeciendo ese nuevo día. Y cuando la casa se empezó a calentar, nos pusimos las mallas, agarramos el pareo, preparamos el mate y bajamos a la arena.

No se imaginan lo loco que es bajar de tu casa al mar. Saltar a la arena con los pies descalzos desde la cama.

Nos acercamos a la orilla, estiramos la mantita y disfrutamos de una mañana calurosa y serena frente a un agua en calma. Cuando los turistas comenzaron a despertarse y llenar los rincones, cuando los churreros aparecieron y el sol se puso más fuerte, decidimos irnos. Pero, de algún modo, entendíamos que había empezado una nueva vida.

Esa sensación de amanecer en el lugar que más feliz te hace y, al mismo tiempo, en tu hogar, no tiene precio. Para mí, el mar y la Caracola eran todo lo que necesitaba para estar en paz.



Pero las obligaciones llamaban y todavía teníamos que seguir con tareas y rutinas, antes de poder disfrutar al cien por ciento. Por lo que juntamos todo y nos fuimos a La Plata.

Nuestro primer viaje largo en ruta. Tardamos casi ocho horas en llegar, a una velocidad máxima de 80 kilómetros por hora. Así fue como definimos que cuando empezara el viaje, no haríamos distancias tan largas, iríamos a paso de caracol.

En La Plata estuvimos tres semanas con el fin de terminar de equipar la camioneta, hacerle los arreglos que faltaban y despedirnos a lo grande.

Fueron días de estar otra vez de un lado a otro, corriendo atrás del tiempo y del dinero que, por momentos, no alcanzaba. Cuando arreglábamos algo, nos dábamos cuenta que teníamos que arreglar otra cosa y así entendimos que nuestra vida sería así por mucho tiempo. Las camionetas viejas tienen eso, que a veces tocaste un burlete sin querer y se te metieron diez litros de agua dentro. Que arreglaste el caño de escape y empezó a hacer ruido otra cosa. Que quisiste revisar los amortiguadores y te clavan un trabajo de treinta lucas je. Bueno, mil cosas vimos y arreglamos en la camioneta hasta que quedó linda para salir a ruta nuevamente, tras el evento que hicimos para recuperar un poco el gasto, compartir arte con amigos y despedirnos de la única manera que conocíamos: con amor y comida. Otro día les cuento todo lo que fue armar un evento en tres semanas jeje.

Y siguiendo con lo de habitar la casa, en La Plata, dormir fue todo un tema.

Empezamos estacionando fuera de la casa de mi familia, en La Loma. El problema era que pasaba un auto cada veinte minutos y nosotros, que tenemos el sueño ligero, no pegamos ojo en toda la noche. Estuvimos unos días así hasta que decidimos que no podíamos más y nos fuimos al bosque.

Estacionamos en el camino que va al museo y nos dormimos mirando una película de Disney, disfrutando que no había luz ni ruidos de autos pasando.

A las 4.20 de la madrugada nos despertaron a los golpes en el vidrio y gritando que bajemos de la camioneta. Nos despertamos super asustados, el corazón nos latía a mil por hora y Leo me decía que llame a la policía. Teníamos la ropa desparramada por la casa, no encontrábamos los celulares y una sensación extraña nos recorría el cuerpo. No sé si alguna vez experimentaron un miedo tan intenso, de esos en los que se hiela la sangre y el cerebro parece presionar con fuerza, a punto de explotar.

Gritaron que si no bajábamos iban a entrar. Era la policía la que nos estaba gritando para que salgamos de la camioneta. Nos vestimos como pudimos y bajamos, con los pelos alborotados y cara de dormidos, sin entender nada.

Nos hicieron un interrogatorio sobre lo que estábamos haciendo ahí, nos preguntaron si teníamos cocaína o marihuana y de dónde éramos. Nos amenazaron, nos dijeron que iban a revisar la camioneta porque tenían una denuncia de que nosotros estábamos vendiendo drogas. Cuando escuchamos eso, Leo les preguntó quién hizo la denuncia y respondieron que un anónimo. Yo le dije que nada que ver, que nos dormimos mirando una peli de Disney, que miren tranquilos porque no teníamos nada, y aunque intuíamos que sin una orden no podían registrarnos, preferimos colaborar y dar por terminada esa mala situación de una vez.

Siguieron presionando con que digamos “la verdad”, que confesemos si teníamos drogas porque nos iban a cachear, que iban a traer una “efectivo” para que me revise a mi y ellos iban a revisar a Leo, que tenían que ver si nos habíamos guardado algo en nuestra ropa interior y que después nos iban a llevar a la comisaría. Mientras decía eso tocaba su arma con fuerza, como si nosotros pudiéramos atacarlos en cualquier momento. Sin embargo, nosotros seguíamos firmes, diciendo que estábamos solo durmiendo.

Después de un rato nos dejaron ir. Preguntó por qué estacionamos en la oscuridad, lo que era bastante obvio pero se ve que el sentido común no era su fuerte; así que le contamos que, para dormir, preferíamos no tener una luz led en la cara.

Nos fuimos con el corazón latiendo a mil y una rabia contenida que nos hizo decir en voz alta que odiábamos la ciudad.

Por suerte, hay muchos mundos distintos dentro del mismo mundo y nosotros, que aprendimos a transformar la realidad una y otra vez, habíamos decidido que eso no era nuestro, que no nos quedaríamos con esa energía. Así que emprendimos viaje para Punta Lara y pasamos unos días estacionados frente al río.




Volvimos a disfrutar del ruido del agua al golpear contra las rocas y de los amaneceres que hacían al mundo más hermoso. Recorrimos la feria de las colectividades, probando platos en cada rincón, y nos reímos a carcajadas en el circo, que por momentos nos llevaba en un trance al pasado y por momentos era una película donde podíamos ver el detrás de escena.

Estacionamos en el parador, al fondo, donde terminaban las mesas y sillas de cemento que la municipalidad había construído. Elegimos un lugar cerca de otros autos y camionetas, que se armaban un asado mientras nosotros acomodábamos la cama y allí, en suelo firme y nivelado, pasamos un par de noches. Aprovechando sus días para volver a la isla Río Santiago, visitar a la familia de Leo y despejar la mente.

También disfrutábamos de nuestros desayunos completos, de quedarnos en la cama hasta tarde pero con las puertas abiertas para que el viento corriera dentro y compramos una mesita plegable para disfrutar mejor el patio.



Durante esos días terminamos de equiparnos ya que su mamá y las vecinas, Gladys y Marita, nos regalaron utensilios de cocina, tapers, flores, almohadones y frascos pintados de colores. Nos fuimos de Punta Lara felices y agradecidos, directo a City Bell, a la casa de Chelo para cerrar los últimos detalles de la gran despedida.

Ya quedaban pocos días para irnos de La Plata y se sentía; la ansiedad por empezar a cantar a los gritos en la ruta nos invadía y nos controlaba por momentos. Nos habíamos propuesto disfrutar hasta el final y ahí estábamos: brindando con un ron y dos buenos amigos, que habían vivido junto a nosotros toda nuestra historia.

Una historia que apenas estaba empezando.



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