Enseñanzas

Actualizado: 8 jun 2020

Un día de primavera nos subimos a la moto y recorrimos Camino Centenario, y a pesar de que lo habíamos hecho cientos de veces ya, parecía la primera vez. Fue como salir a la ruta juntos sin realmente hacerlo. Cuando estamos bien, cualquier paisaje es increíble, hasta los más conocidos.

Llegamos a 13 y 32, quizás de las calles menos agraciadas de la ciudad, y nos sentamos en el cordón a esperar a su hermano. Entre mate, espera y mate hablamos de todos nuestros planes a futuro. Soñábamos con tantas cosas, que yo me sentía con la responsabilidad de anotarlas todas para no olvidármelas.

Él, por su parte, me pedía que todo lo que imaginábamos lo escribiera porque estaba convencido de que lo que escribo se vuelve real. Admito que yo también lo creía, porque el mundo en el que hoy vivimos me cansé de escribirlo una y otra vez en cuadernos y libretas de todos los colores.

Cuando nos mudamos a Gesell, esa segunda casa que nombré en el primer posteo, la idea de viajar en la combi volkswagen estaba tan aferrada a nuestro presente que parecía que vivíamos solo gracias a ese sueño.



Mirábamos todas las webs de compra y venta de autos, nos metíamos en grupos de facebook, publicábamos en todas las redes sociales nuestra búsqueda y un día apareció una que nos encantó. Estaba en Córdoba, era roja, bien tapizada e iluminada. La mayoría no tenían ventanas o tenían dibujos muy llamativos o estaban destartaladas. Ésta no tenía problemas de papeles y tenía el motor nuevo. No como alguna que otra que nos ofrecieron listas para andar y sin motor.

El precio era de 170 mil pesos, nosotros contábamos con gastar hasta 150 que era lo que el banco nos ofrecía en un préstamo. Pero para esa fecha, todavía no teníamos el dinero en mano, así que no se terminaba de mover la energía y un día el dueño nos dejó de responder. Lo que nos hizo confirmar lo que temíamos: ya se había vendido a un mejor postor.

Me hacía ilusión buscar nuestro primer hogar, pero la búsqueda tenía más desafíos de los que me hubiera imaginado. Nuestra primera enseñanza fue que un hogar no aparece de un día para otro. La segunda: hay que armarse de paciencia.

Siguieron apareciendo combis: una con techo alto pero pintada de negro, una que se vendía por rifa y otra que no se podía transferir porque era brasilera pero la vendían con un poder. Las dejamos como plan C.

Pensamos que teníamos que intencionarla con más fuerza y empezamos a acondicionarla sin tenerla. Compramos nuestros primeros utensilios de cocina: una minipimer y un wok color celeste, ese fue nuestro primer paso.

Para diciembre, agotados de la energía estancada, llegamos a creer que no era posible viajar en camioneta. Entendíamos que podía ser que aún no estuvieramos preparados para ello. Quizás todavía teníamos que aprender algo, aunque no sabíamos bien qué.

Decidimos que no podíamos seguir viviendo en Gesell, porque ya la comodidad nos incomodaba y necesitábamos movernos. Al fin y al cabo, los dos éramos viajeros. Brasil, Uruguay, México, Colombia. Las posibilidades eran infinitas.

Colombia nos resonaba y averiguamos pasajes para irnos uno o dos meses a vivir allá, el plan era no descartar la vida en combi pero no queríamos estancarnos, ya que el préstamo no se daba y no aparecía nada bueno.

Justo antes de darle ok al botón de pagar, la posibilidad de otro préstamo salió a la luz y el viaje a Colombia quedó descartado de inmediato. Decidimos pasar año nuevo en Uruguay, porque recién a mediados de enero podríamos tener el dinero. Así que cambiamos el destino y los tiempos.

Sin saber que en Uruguay nos esperaba el peor viaje de nuestras vidas. Aunque tendríamos que haberlo sospechado, cuando el 27 de diciembre, una hora antes de partir hacia la terminal de La Plata, Leo no encontraba su billetera ni su DNI.

Como tenía su pasaporte, zafamos y no tuvimos que mover cielo y tierra para encontrar la billetera, pero ese era el aviso de todo lo que vendría.

Pasamos año nuevo en Montevideo, con mis hermanas mayores, y en una charla con una de ellas reafirmamos nuestros sueños. Dani nos decía que teníamos suerte de habernos encontrado y buscar lo mismo en la vida, y que estaba segura de que íbamos a encontrar la camioneta.

El 2 de enero nos fuimos a Aguas Dulces, un pueblo en el que pasaríamos las siguientes dos semanas. Sin embargo, todo se nos fue un poco de las manos: el lugar resultó ser súper turístico y caro, la casa que conseguimos alquilar no cumplía con nuestras necesidades, no podíamos trabajar por no tener wifi, no descansamos bien porque la cama era incómoda, nos insolamos, nos enfermamos y decidimos volvernos a Argentina siete días antes de lo planeado.

Cambiamos los pasajes sin pensarlo demasiado y sin pensarlo demasiado nos separamos. Por suerte, nuestra pelea duró solo una noche y decidimos apostar por el presente.

Uruguay nos había dejado dos enseñanzas claras: la primera, es que la combi era muy pequeña, habíamos visto a una pareja en una de ellas y al prestar atención notamos que los dos estaban sentados agachando la cabeza para tomar unos mates dentro, y que por el mismo precio podíamos conseguir algo más grande y mejor. Y la segunda, que teníamos que sentirnos realmente cómodos en el lugar que decidiéramos habitar.



Finalmente, conseguimos el préstamo, aunque el dinero ya se había devaluado un poco para ese momento y todo había aumentado. Pedimos ayuda a todos nuestros familiares para completar lo que necesitábamos.

Empezamos una nueva búsqueda: trafic, ducato y transporter eran las opciones. Aunque seguíamos con los mismos problemas de siempre: chapa en mal estado, interiores desastrosos, asientos mutilados, motores ruidosos y otros tantos problemas que ya ni recordamos.

Recorrimos la ciudad de punta a punta buscando algo que nos parecía imposible: una camioneta andando, con papeles al día y pintura en buen estado, y que no se nos fuera tanto de precio.

Una noche de enero, fuimos a ver a Nahuel Piscitelli tocar en un centro cultural de La Plata, donde nos encontramos con muchos amigos y amigas. Entre ellos, vimos a Herlo, un chico al que Leo le había vendido su estudio fotográfico tiempo atrás con el fin de empezar a ahorrar para esa casa rodante. Ellos se quedaron charlando un rato, en el que Leo le contó para qué era el dinero y nuestra búsqueda reciente. A lo que Herlo respondió: “Creo que tengo su camioneta”.



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