De tauro a escorpio

Es curioso cómo funciona el mundo. Un día sos libre y al día siguiente alguien toma decisiones por vos. Entonces entendés que la única libertad real es la libertad interna. Pueden controlar tu vida, pero no pueden controlar lo que sentís y pensás. Era marzo y nosotros, que no miramos noticias ni calendarios, decidimos emprender un viaje. Hacía un mes nos habíamos comprado una Mercedes Benz del año ‘95, que fuimos arreglando hasta convertirla en un hogar de ocho metros cuadrados. El mismo que nos llevaría a recorrer el país entero: la Caracola. Nos sentíamos prisioneros de la ciudad; y queríamos alejarnos del ruido, el smog y los vecinos que ni siquiera saben tu nombre. Salimos a la ruta con hambre de libertad, que se manifestaba en el viento revolviendo nuestros pelos y en el sol cayendo en el horizonte. ¿El destino? Mar del Sud: un pueblo de 400 habitantes. La primera parada en el recorrido hasta el Faro del Fin del Mundo. Ya no importaba nada, éramos libres y el pasado quedaba atrás, escondido tras edificios altos y parques enrejados. Solo quedaba el sonido del silencio, perturbado únicamente por la rueda al rozar el asfalto y una orquesta de pájaros volando cerquita del mar azul al que llegábamos. La cuarentena comenzaría esa misma semana y nosotros ni siquiera nos imaginábamos que China exportaba más que simples productos en serie. Lo loco es que llegamos a un pueblito donde no habían hospitales, verdulerías ni librerías. Los tres lugares donde más tiempo pasamos durante nuestra estadía obligatoria. Nos enteramos de que el mundo estaba por cambiar mientras comprábamos un kilo de naranjas en una verdulería de Miramar, una ciudad a 17 kilómetros. El verdulero nos aconsejaba que llevemos más y más de todo lo que comprábamos habitualmente. Cuando preguntamos por qué nos enteramos de que empezaba un largo proceso de quietud. Nuestra confusión era como las filas de personas que se desesperaban por entrar a los supermercados antes de que cierren. Lo que se rumoreaba es que eran días de clausura total y bunker. ¿Qué estaba pasando? Nos llevamos kilos y kilos de legumbres, frutos secos, verduras y harina mientras escuchábamos una radio que decía que doce días era poco, que hasta junio no volvería la vida normal. Y qué acertados estaban. Era mayo y seguíamos aprendiendo de nuestras energías y lunas. Seguíamos compartiendo esos desayunos interminables, que empezaban con té en la cama y, bailando por la casa, nos llevaba de viaje por distintos sabores. Todavía nos amábamos, incluso más cada ayer. Y esa regla, que pusimos una tarde, de no salir de la cama hasta habernos mimado, nos enseñó a ser felices con uno mismo y con el otro. Nuestro idilio crecía tanto como nosotros en ese confinamiento en el que nos vimos rodeados por todos nuestros miedos. La cuarentena nos daría la lección más importante de nuestras vidas: Si no hay paz interior, no hay universo que alcance. Llegó el frío y con él un dolor, y dos días después de la primera helada, su cara había cambiado. — Si sobrevivo hoy, tengo algo que contarte. — ¿Qué te comiste? —le dije riéndome. — ¿Cómo sabes que me comí algo? — Dale, ¿qué es? — Después de comer el hongo empecé a perder el sentido del gusto. Al día siguiente tenía la mitad de la cara hinchada y dormida, parálisis periférica la llamarían los médicos. Había perdido la expresión y la risa. Fuimos a la salita y lo atendió un enfermero, que cuando vió que no había fiebre, lo dejó pasar y le hizo una serie de preguntas que iban desde dónde estaba el dolor y qué había pasado. Leo le contó que hacía un par de días que le dolía el oído y creía que era otitis. Además sospechábamos que el hongo le había dado alergia. El enfermero anotó lo que le dijo: otitis y alergia por hongos. Y le dio un papel que decía que teníamos permiso para viajar a Miramar. En el control policial nos pidieron los papeles que aseguraban que podíamos salir del pueblo. Era como una especie de prisión domiciliaria, o mejor dicho, una especie de cárcel fronteriza. Llegamos al Hospital y yo lo esperé fuera. Salió unos minutos después con una tableta de Loratadina. — ¿Y? ¿Qué pasó? — pregunté con tranquilidad. — Ni me revisó. — ¿Y te dió medicación? ¿Sin revistarte? — Leyó el papel del enfermero, me miró un minuto y me dijo que me ponga una inyección. — ¿Y te la diste? — No, le dije que prefería evitar las inyecciones, si no había otra forma y me dio un blister. Para el dolor, ibuprofeno. Eso fue todo. Volvimos a casa en silencio el resto del trayecto. Casi siempre, ir a Miramar era divertido. Era la libertad mínima que teníamos mientras en el resto del mundo se cerraba el paso. Nosotros teníamos la suerte, si se puede llamar así, de poder viajar una vez por semana a la ciudad de al lado, de transitar esas rutas de bosques frondosos y campos dorados, para poder comprar provisiones. Pero pronto, hasta eso, se convertiría en parte de una penitencia. No disfrutamos la ruta, ni hablamos prácticamente de nada. Leo se empezaba a sentir cada vez peor y ese era solo el inicio. Pasados dos días, nuestras familias se empezaban a inquietar y nos pedían que volvamos a la ciudad. Que allá habían médicos serios y respetables que podrían ayudarnos, que la tecnología era mejor, que la parálisis no era joda. Y bueno, quizás tuvieran razón, pero nosotros resistíamos. Volver a la ciudad no era opción. Creíamos que el bienestar debía ser espiritual y mental, además de físico. Al tercer día, volvimos al hospital. Leo empeoraba muy rápido. Su oreja estaba cada vez más hinchada, los dolores eran más fuertes a cada hora. Estaba negado a la medicina tradicional, pero cuando le contó a su abuelo todo lo que le estaba pasando, algo dentro suyo se despertó y la urgencia nos obligó a ponernos los abrigos y transformar la casa rodante en una camioneta con un destino único. Esa noche habíamos peleado, nos pesaba a los dos la cuarentena pero ahora se sumaba su enfermedad y la falta de comprensión del uno para con el otro. Nunca habíamos vivido una situación similar y parecía que, siempre que éramos felices y todo alrededor estaba bien, algo tenía que pasar para romper nuestra armonía. — Bajate de la camioneta, me voy al hospital —me dijo cuando cortó la llamada. — Voy con vos —le respondí firme. — Quiero ir solo —me dijo levantando el tono de voz. — No vas a ir solo Leo — le dije más fuerte — Quiero ir solo —repitió cada vez más enojado. Desconecté mi computadora, acomodé las cosas para que no se cayeran cuando arrancáramos y me senté en el asiento del acompañante. “Puedo manejar yo”, le dije despacio. “Yo puedo”, me respondió, y en silencio nos fuimos hacia la ruta. En el control nos volvieron a preguntar qué hacíamos. Parecían no creer que íbamos al hospital, al final pasamos. Esta vez, bajé con él. El hospital, iluminado con luces blancas, tenía un aspecto descuidado. Me hacía revivir situaciones del pasado que prefería dejar en el olvido. Pero ahí estábamos, sentados uno al lado del otro, escuchando cómo entre administrativos y guardias se hablaban a los gritos de una punta a la otra. Cómo entraban y salían personas, golpeando las puertas y haciendo ruidos que perturbaban la tranquilidad que debería haber en un lugar así. La televisión prendida, con el volumen alto, anunciaba las jugadas de un futbolista que, a decir verdad, nunca importó. En la sala de espera, solo estábamos nosotros dos. Frente nuestro, unas carteleras viejas y desaliñadas eran la barrera contra el COVID. Lo llamaron a Leo: que pase el que está esperando. Cuando salió lo abracé. Tenía la mirada cansada y la cabeza gacha. Él, que siempre me había parecido inmortal, era tan humano como yo, como cualquiera. — ¿Qué te dijeron? — Descartó la alergia, me dijo que deje de tomar la loratadina. — ¿Y entonces? — Me dijo que tome Cefalexina y que vaya a ver a un neurólogo. La ira me invadía, era el tercer médico que veíamos y nadie podía asegurar con certeza qué era lo que tenía. Volví manejando yo porque Leo se mareaba cada vez más. La angustia y la falta de costumbre me hicieron ir tensa todo el camino. La ruta, llena de niebla y sin iluminación ni luna, estaba completamente sumida en la oscuridad y la única guía eran las líneas amarillas trazadas en el asfalto. Esa noche prácticamente no dormimos. El cuarto día, Leo tenía fiebre, apenas podía articular palabras, seguía sin movilidad en la mitad de la cara y no sabíamos qué hacer. Mi familia no ayudaba, me presionaban para que volviéramos y me hacían ver todo lo malo que podía pasarle si no lo solucionábamos a tiempo. Yo sólo pedía al universo que todo esto pasara rápido, que sea un mal sueño, que no se muera. Nunca lo había pensado hasta ese momento, pero era una posibilidad, Leo se podía morir. Nos metimos en la ducha, prendí el chorro de agua caliente y nos sentamos en el piso enfrentados. Él tenía la mirada perdida y la cabeza le pesaba, como si no pudiera sostenerla firme. Lo bañé con cuidado, tratando de que no le entre agua en el oído, ni en el ojo que no podía cerrar. Lo bañé mientras apreciaba su cuerpo desnudo frente al mío, tan frágil y vulnerable que por momentos tenía miedo de romperlo. Lo sequé y lo acompañé a la cama. Y pasamos la tarde acostados, sin ganas. A la noche, la fiebre volvió y volvimos al hospital. La sala de espera, más ruidosa que el día anterior, nos aguardaba solo a nosotros. Nos sentamos y esperamos. Lo llamaron y en ese momento le pregunté si podía acompañarlo. Me dijo que sí. Una enfermera nos hizo pasar de mala gana. Recorrimos unos pasillos hasta llegar a los consultorios, que eran tres o cuatro, separados con cortinas de lona verde. A nuestro lado un niño lloraba junto a sus padres y frente a nosotros, un médico con la cara tapada me decía que no podía acompañarlo. Le dije que no había posibilidades de que me vaya, porque era la cuarta vez que veíamos a un médico y todavía no sabían nada, que lo habían mandado al neurólogo y ni siquiera le habían hecho una orden, “explicame cómo saco un turno urgente sin una orden” le espeté. Hizo silencio y asintió. Repasamos todo su historial médico, Leo apenas hablaba, por lo que el médico me preguntaba a mí. Nos hicieron pasar a un consultorio con puertas y le dieron dos inyecciones: penicilina y corticoides. Le dijo que siguiera con la cefalexina, que usara gotas en el ojo, que tomara vitamina B y que vea a un otorrino, nos hizo una orden con la palabra urgente escrita en grande. Tras la medicación estuvo un rato mareado, con la presión baja. El médico levantó sus piernas y me pidió que las sostuviera en el aire, las apoyé en mi hombro y con la mano izquierda las mantenía firmes, a pesar de la fuerza que él ejercía. Con mi mano libre le acariciaba el pecho y le decía que ya iba a pasar todo. Me parecía tan pequeño en ese momento y yo tan poco preparada para todo lo que nos estaba pasando. Estuvimos un rato así, hasta que los corticoides hicieron efecto y el Leo que había entrado, en nada se parecía al que salía. De repente estaba lleno de vida otra vez, cansado pero radiante. Al día siguiente ya habíamos conseguido un turno para ver a un otorrino, el viernes de esa semana. Y en su consulta nos enteramos que tenía algo llamado Síndrome de Ramsay Hunt, causado por el virus de la varicela. No tenía otitis, tenía el herpes zóster, y toda la medicación recibida hasta ese día había estado mal administrada, a excepción de las corticoides y la vitamina B. Un nuevo medicamento entró en escena: aciclovir. Y así empezó un tratamiento que duraría un mes. A partir de ahí, todo fue estudios: audiometrías, tomografías, perimetrías, análisis de sangre. Volvimos al hospital más veces de las que podría contar en un relato. Siete meses después, Leo todavía sigue haciendo ejercicios para recuperar la movilidad de toda la cara y esperamos con ganas el momento en que todo pase a ser un recuerdo. Pero si algo aprendimos es que no hay salud si no hay tranquilidad y armonía a nuestro alrededor. Hasta el último momento sostuvimos que, aunque la medicina allá no fuera la mejor, estar en un ambiente natural hacía que todo pasara de otra manera. Al final, los médicos siempre indicaban que la única manera de sanar, era estando tranquilos, descansando y en paz. Aprendimos más en esos días de dolor, que en toda nuestra vida juntos. Nos encontramos con la soledad, que encarnaba en el otro, transformando los buenos tiempos en otra prueba. Y uno por momentos se encerraba en el pecho y la oscuridad parecía tomar el control, pero el otro se paraba firme y resistía, amarrado a ese hilo que nos une y nos salva. Porque aunque estamos solos, compartir la soledad con alguien lo cambia todo. Y ese hilo era a la vez frágil y fuerte: era el sueño compartido de una vida en armonía con el todo. Descubrimos que nuestra vida juntos respondía por igual a un par de opuestos complementarios, entendimos que necesitábamos por igual la estabilidad y el cambio, la luz y la oscuridad, la casa y los viajes. Quizás por eso la Caracola se convertía en nuestro caparazón. Pero a la vez, nos encontramos con la quietud, que en el afán evitarla nos movíamos de un lado a otro sin prestarle atención a la pausa. El movimiento nos hacía crear. Entendíamos lo importante que era aprender pero no captábamos que para nutrirnos de lo aprendido y ponerlo en práctica se necesitaba tiempo, paciencia y sosiego. Corríamos de acá para allá en cámara lenta, viviendo una vida sin tiempo, pasados o futuros; viviendo una vida analógica, cada vez más desconectados de los instantáneos y más conectados con lo que se puede ver, tocar y sentir. Seguíamos compartiendo atardeceres y cielos estrellados, y si la luna se iba nos poníamos tristes y melancólicos, como si extrañáramos contemplarla y nos diera miedo contemplarnos a nosotros mismos. Eso de lo que tanto huíamos, esa quietud que nos rompía la inspiración, a nosotros, dos artistas que se creían inmunes a todo, era la única responsable de nuestra sanación. Y junto a ese ser tan vivo, tan inmenso, nos volvió a conectar con nuestro interior, nos calmó el dolor, nos devolvió la vida. Las semillas que plantamos nos recordaban que para ver la luz, había que hacer mucha fuerza y superar obstáculos. Esa naturaleza que nos rodeaba, nos enseñó el verdadero valor de la libertad. Si no hay paz interior, no hay universo que alcance. Todavía siento la punzada de dolor que me dio cuando Leo me abrazó y me dijo: yo siempre digo que si me muero hoy, estoy feliz con mi vida, y es verdad, pero no me quiero morir, todavía quiero vivir muchas cosas con vos.


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