Cumplir el sueño

Ese “creo que tengo su camioneta” fue todo lo que necesitamos escuchar para saber que, efectivamente, había llegado por fin.

No podía llegar en una búsqueda por mercadolibre o marketplace, tenía que ser gracias a un boca en boca, de la mano de un conocido, porque tenía que tener energía viajera.

Herlo le reenvió a Leo unos audios de Amador, el dueño. En ellos se lo escuchaba diciendo que él le daba mucho amor y energía y que si se despedía de ella, no era porque no la quería más, sino porque ya había cumplido su sueño: llegar a Colombia.

Leo no lo dudó ni un segundo, su intuición le dijo que era esa, y si no fuera por mí y mi razón, le hubiera transferido el valor total esa misma noche.

Era una Mercedes Benz del año noventa y cinco. Sólo había pertenecido a dos personas en toda su vida y Amador la usaba todos los días para trabajar. Los papeles estaban al día, algo difícil de conseguir como ya les contamos antes, y en las fotos que nos había mandado se veía increíble.

Leo confirmó su intuición cuando vimos que estaba blanca impoluta, como nosotros queríamos, y que estaba casi lista para salir a la ruta. Tenía una mesa que al bajarla se convertía en una cama de dos plazas y un techo de madera que nos conquistó al segundo.

Como era temporada alta y la camioneta estaba en Mar del Plata, el dueño no la estaba mostrando a mucha gente y nos dijo que si la queríamos nos la podía guardar unos días.

Había que hacerle algunos arreglos y mirando las fotos nos imaginábamos todo lo que le cambiaríamos: pondríamos pisos más claros, sacaríamos los asientos que tenía en el furgón y colgaríamos macetas de las rejas que estaban detrás de los asientos principales.



Mi mamá nos ayudó a ver si tenía multas con el número de patente y vimos que estaba todo bien. Cada vez estábamos más convencidos de que era nuestra.

Una tarde, mientras tomábamos un té soñando con viajar por el mundo y analizando si de verdad era o no era (porque de todo hablamos mucho hasta que nos convencemos), me llegó el mensaje que estábamos esperando para dar el gran paso. Era del mecánico, que había ido a ver el motor, y decía: “si les gusta denle para adelante”. La risas y la emoción nos invadieron y sin pensarlo demasiado sacamos pasajes a Mar del Sud, un pueblito cerca de Mar del Plata.

Empezar nuestra aventura en el mar era, simbólicamente, lo mejor que nos podía pasar. Porque entre todas las cosas que hicimos para intencionar su llegada fue pensar el nombre del proyecto en que se convertiría nuestras vidas: Ríos al mar.

Surgió una tarde de esas en las que pinta estar en la cama todo el día. Estábamos un poco desalentados porque nada nos convencía y decidimos que la música nos lo iba a regalar. Sonó Spinetta, García, Koyno, Verdún y cuando fue el turno de Paez, supimos que era ese.

“El amor más grande que conocí

sin querer un día pasó por mí.

Por la vía láctea se encontrarán

en algún planeta, en algún lugar.

Donde va la gente y su corazón,

donde van los años y este dolor.

Y donde voy yo... No me importa ya.

Vengo de los ríos que van al mar.

Parte del aire”

- ¿Ríos al mar?

- Me gusta.

- Va bien para libro, va bien para película y está disponible en Instagram.

- Ríos al mar.

Esa noche festejamos como festejaríamos, unos días después, estar en movimiento.

Viajamos a Mar del Sud y esperamos a que Amador nos avisara que podíamos ir a comprarla.

El 5 de febrero, a las 9 de la mañana, tras una noche sin dormir casi nada por culpa de la ansiedad, nos tomábamos el colectivo con más paradas del mundo y dos horas después bajábamos en una calle completamente inundada de la ciudad Marplatense.

Llovía torrencialmente, Amador nos había mandado un mensaje de que la camioneta se le había llenado de agua, no se podía cruzar de vereda, no había taxis ni remises, estábamos a 20 cuadras del lugar donde nos encontraríamos con el futuro y el registro cerraba a las 12.

Los panoramas grises son la especialidad del Universo cuando uno está por cumplir un sueño, es como la prueba final antes de dar el paso que lo cambia todo, pero la posta es que hay que dar el paso igual.

Conseguimos un taxi, llegamos al registro y Amador, que en realidad se llamaba Nicolás, salió a recibirnos. Ahí vimos que el techo goteaba por muchos lugares y que el parabrisas estaba roto, cosas que en las fotos no se veían. Descubrimos que nos llevaría tiempo limpiarla y dejarla habitable, pero no parecía imposible.

Estábamos debatiendo si comprarla o no, cuando la policía que custodiaba el lugar nos avisó que ya cerraban y que teníamos que decidirnos. Leo no lo dudó más y me arrastró adentro. Nos atendió una mujer súper amorosa que hizo que el trámite sea re tranquilo y agradable. Leo y Amador hablaban, mientras yo chusmeaba lo que decían los papeles y respondía las preguntas esporádicas de la señora del mostrador.

La MB 180 D tenía 422.869 kilómetros andados y nosotros esperábamos hacerla andar unos 40 mil más.

Nos salió 250 mil y la transferencia 9.736 pesos. Pedimos cédulas verdes para Leo y para mí, aunque yo no supiera manejar y salimos del registro con sonrisas de oreja a oreja.

Amador se subió al asiento del conductor y manejó hasta su casa, donde terminaríamos el trámite. En el camino nos preguntó cómo nos íbamos a volver a Mar del Sud y con Leo nos miramos sin entender muy bien a qué se refería. Cuando le respondimos que en la camioneta, cayó en la cuenta de que la había vendido.

Creo que para él también fue un día de cambios ese 5 de febrero.

Bajamos en su casa y empezó la despedida. Miramos fotos de la camioneta en la ruta: había recorrido Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Ecuador y Colombia. Era más viajera que nosotros y cargaba con una energía divertida. Había sido el transporte de Jeites durante un tiempo, porque Amador era el hermano de Joaquin del Mundo, y los asientos de atrás, habían pertenecido a la ISOCA, el bondi que usaron los chicos del Plan de la Mariposa junto con Jeites en alguna gira.

Amador nos contaba historias mientras revisaba los recovecos de la Caracola, nombre que habíamos decidido ponerle en el momento que empezó a ser nuestra, y de cada uno se llevaba algo: amuletos que había coleccionado en la ruta y que lo hacían reflexionar y emocionarse, mantas, ojotas, bolsas de dormir, patas de rana, cosas de malabares y papeles de peajes de carreteras que lejos habían quedado.

La Caracola estaba un poco más vacía sin sus cosas y antes de que quitara todo le pedimos que nos deje un amuleto. Nos señaló el techo y dijo que el cobertor, hecho de retazos de tela, había sido un regalo de Herlo y que ahora nos pertenecía a nosotros. Entendimos que la vida es circular.

Salimos a la ruta, nos perdimos, nos reímos y cuando nos vimos rodeados de árboles y campo, no lo podíamos creer. La felicidad entró en nuestro cuerpo, que se exteriorizó en una sonrisa reflejada en la de Leo.

En un momento, él pensó que yo tenía dudas, ojalá le haya quedado claro de que estoy convencida porque mi búsqueda es viajar y encontrar mi hogar. Con él y la Caracola tengo las dos cosas.





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