Cerro López - Bariloche

Subimos al Cerro Lopez y fue todo lo que necesitaba para sentirme agradecida con mi cuerpo, con mi compañero y con la naturaleza. Cuando uno carga a cuestas toda su vida, cada paso cuenta. No hay subida que no duela en los pies, pero la lucha real es contra la mente. Esa vocecita que por dentro nos dice: no podés.

Nunca hubiera creído que yo podía subir una montaña cargando una mochila en mis hombros. Una mochila pesada, llena de comida, abrigos y sueños. Y hasta los sueños pesan en subida.

Salimos de la comodidad de la Caracola un día bien temprano, tras un desayuno con tortilla de papa, fruta, pan y mate. Nos acompañaron Male y Andrés, quienes nos llevaron en la parte de atrás de su camioneta hasta el arroyo López. Donde todo empieza.

Acomodamos las mochilas sobre nuestros cuerpos, nos atamos a la cintura esas tiras que parecen de más pero que en el camino se sienten como una salvación. Ayudamos a los chicos a ponerse las propias, atando con sogas la carpa y las bolsas de dormir de cada costado de sus mochilas de tarde. Frenamos frente al mapa, donde se anunciaba que el camino era de cuatro horas. Respiramos hondo, nos dimos un abrazo colectivo y nos pusimos en marcha.



Al principio, el paso era constante. Pisadas firmes, respiraciones suaves, agitadas por momentos. El camino se puso empinado en el mismo instante en el que empezamos a movernos. Y nunca nos hubiéramos imaginado qué tan para arriba se podía ir hasta que empezamos a ver los senderos entre árboles que parecían superpuestos, uno arriba del otro.

El camino era pedregoso y las piedras sueltas caían resbalando por el costado. Subíamos pero a nuestro alrededor no lo notábamos del todo. Caminábamos bajo la sombra, tan deseada en ese intenso día de verano, que nos regalaban los coihues y los pinos. Por momentos algún arrayán se hacía presente, inundando todo con su color canela. Verde, azul, gris, marrón. Canela.

El cielo despejado se mostraba entre las copas de hojas pequeñas y redondeadas. Hacia atrás era, en realidad, hacia abajo. Y cuando las emplanadas llegaban, respirábamos felices de estar caminando tan ligero. Pero siempre, al final de un camino plano, llegaba otra subida.

Frenábamos a comer frutos secos o frutas, a descansar, a tomar agua. Al principio poco, pero a medida que avanzábamos cada vez más. Lo que hacía que el impulso de arrancar de nuevo sea cada vez más difícil. Aún así, no nos desmotivábamos. En especial porque cuando que se abrían los árboles y nos dejaban observar lo que había más allá, nuestros ojos se deleitaban: cascadas brotando de la piedra alta; montañas que, al principio, se veían por la mitad y luego con sus cumbres; montañas que veíamos a nuestra misma altura y luego desde arriba; el Nahuel Huapi con sus brazos infinitos.

Caminamos lo que pareció una eternidad. Tal vez horas, tal vez días. Las mochilas pesaban a cada paso un poco más, el calor se sentía pegoteado y húmedo; y con una sonrisa nos dábamos ánimos para seguir. Íbamos juntos, cerquita.

Empezamos a divisar un refugio y un cartel anunciaba Refugio López. No era posible porque sabíamos que estaba mucho más arriba. Nos acercamos, era el Roca Negra, refugio al que se tardaba tan solo una hora en subir. Nos miramos exhaustos, nos quitamos las mochilas y nos mojamos con el agua que corría por ahí.

Recorrimos el lugar por fuera, apreciando sus grandes mesas, la madera, los vidrios, la decoración y, hacia el otro lado, las vistas. Aparecía ante nosotros un paisaje totalmente despejado, con dirección a circuito chico y todos su cerritos, los mismos que parecían tan altos desde abajo.



Arrancamos la caminata una vez más. Cansados y con ganas de que todo terminara rápido. Pero rápido no sería la palabra que utilizaría para lo que pasó después. La subida se volvió mucho más empinada, de una tierra anaranjada y resbaladiza, a la que le habían colocado maderas en forma de una escalera que no terminaba y que nos hacía doler hasta los músculos que no conocíamos.



Subíamos y subíamos, y poco a poco nos quedábamos sin energías y sin ganas. Pero estábamos ahí porque lo deseábamos tanto como llegar a la cima. Entendíamos que estar arriba solo tenía sentido si había un esfuerzo detrás; si cuesta vale el doble.

Empezamos a ver el Refugio Lopez. Una casita de un color rojo intenso, que contrastaba con todo lo que había a su alrededor. No veíamos el pico de la montaña en la que estaba, a pesar de que lo veíamos de frente. Parecía muy lejano y mis pies casi no respondían. Leo me daba ánimos por momentos, yo a él de a ratos; intentando ayudarlo a cargar todo el peso que tenía sobre su cuerpo que era, por lo menos, el doble que el que yo cargaba.

El refugio estaba ahí, ya era visible y sin embargo faltaba mucho por delante.



Seguimos caminando un rato más, con acantilado de un lado y pared rocosa del otro, con árboles en todas las direcciones y si nos cruzábamos gente sentían compasión por nuestros pasos. Pero nosotros firmes, seguíamos avanzando.

Hasta que sentí que mi cuerpo no podía más y frené, dejando de ver a los chicos que iban por delante. Leo volvió a buscarme y el peso que sentía él desapareció por un segundo, en el que yo me convertía en la que necesitaba ánimos y todo lo demás no importaba. Alcanzamos a los chicos, que nos esperaron hasta que el aire volvió a nosotros.

Nos cruzamos dos chicas que solo nos dijeron: vale todo el esfuerzo. Y no necesitamos más para saber que era cierto. El refugio se veía cada vez más grande, aunque por momentos se alejaba otra vez.

El camino comenzó a ser más circular, giramos en una especie de U larga y profunda. Cruzamos un arroyo, en el que Male y Andrés frenaron a mojar sus pies, y aunque yo lo deseaba decidí no hacerlo, relajarme tanto lo único que conseguiría sería que el resto del camino fuera interminable y todavía no sabíamos cuánto faltaba.

Seguimos durante un rato hasta que, bajo una sombra, me quité todo y me senté en el piso, intentando recobrar el aliento. Leo hizo lo mismo y nos miramos con un poco de tristeza, otro poco de amor y más que todo compasión. Sacamos unas aceitunas, comimos algunas, tomamos el agua salada y nos sentimos reavivados, como un fuego que nacía de dentro y nos impulsaba un poco más. Lo presentíamos: faltaba poco.

Male y Andrés nos alcanzaron. Seguimos por ese sendero marcado hasta que nos encontramos con un cartel que pedía que llevemos leña al refugio. Agarramos un tronco cada uno y seguimos caminando, más pesados pero más confiados. Caminamos por un pequeño abismo, apretados entre la montaña y el vacío; seguimos subiendo y subiendo y a cada vuelta una subida más. Frenamos a una sombra nuevamente, apreciando la altura que teníamos por detrás, la última subida por lo que nos habían comentado.



Vaciamos las provisiones de almendras y avellanas bañadas en chocolate, lo que nos dió la fuerza para ese último envión. Pero el cuerpo ya no quería más y el dolor, el calor y la mente nos jugaban una mala pasada. Yo quería decir basta y quedarme ahí, no subir más.

Pero también quería ver la cima.

Avanzamos a paso lento y constante, y escuchamos un grito de Andrés, desde arriba, que ya veía el refugio cerca y decía que solo quedaban diez metros. ¿Qué son diez metros? ¿Cuánto se puede tardar en subir esa distancia?

Llegué al lugar desde donde quedaban diez metros y frené. Rendida ante la vida. Escuché a Leo decirme que siga un poquito más. Lo miré, miré el refugio rojo e inmenso delante mío, miré atrás y caí en la cuenta de todo lo que habíamos hecho; vi los senderos dibujados entre los árboles, los mismos por los que habíamos caminado; vi el Nahuel Huapi hacerse más ancho y más grande, la cordillera con sus puntas blancas. Vi el mundo bajo mis pies y lloré, lloré tanto y con tanta gracia y felicidad, con tanta adrenalina y dolor. Lloré de alegría, por sentirme tan viva, tan fuerte, tan débil. Y lloré tanto que Leo se empezó a reír a carcajadas y por primera vez en mucho tiempo vi su sonrisa con dientes, todos sus dientes blancos sonriendo como si nunca hubieran desaparecido. Como si esa fuera su sonrisa de cada día. Nos abrazamos y reímos a carcajadas cuando nos señalamos esa sonrisa.

Y subimos un poquito más y tiramos nuestras mochilas al piso. Y creo que por primera vez respiré profundo.



Cuando caimos en la cuenta de lo que había pasado, nos encontramos tomando una birra y comiendo un sandwich del refugio; festejando que todo había valido la pena, sobre todo el esfuerzo y el valor. Veíamos todo Bariloche a nuestros pies y aunque inmensa, parecía pequeña. No pudimos dedicarle tanto tiempo a la contemplación porque estábamos tan cansados que no podíamos pensar.

Dejamos nuestras cosas dentro del refugio, salimos afuera en busca de un arbolito para descansar y lo que vimos nos desmotivó un poco: no había sombra posible, todo era descampado y pedregoso. La zona para poner las carpas era al rayo del sol y los lugares con arbustos eran en bajada. Eran las dos de la tarde y el calor quemaba en la piel. La pileta no tenía muy buen aspecto, no habían lagunas ni lagos, era el cerro más seco de Bariloche y nosotros nos estábamos enterando de eso.

Frustrados nos fuimos a caminar un poco, en busca de un lugar para descansar. La gente subía de a montones. No sólo era el lugar más caluroso sino también el más turístico. El panorama no era tentador y ya no queríamos pensar más.

Andrés, a diferencia de todos los demás, tenía mucha energía y necesitaba resolver sus dudas. Nos preguntaba si nos íbamos a quedar ahí, si no era mejor bajar y buscar otro lugar, si estábamos seguros, si la sombra o la birra o el sol o la vida. Le respondí que no podía pensar, que después de un rato en silencio las respuestas iban a llegar solas.

Decidimos separarnos un rato. El mal humor estaba a punto de golpearnos en la cara. Leo usó sus últimas fuerzas para buscar un arbolito, uno de los poquitos con sombra. Entrábamos bajo ella solo si nos acostábamos en cucharita y bien quietos. Un centímetro en cualquier dirección implicaba sol.

Nos abrazamos y nos dormimos escuchando los pasos de un ave pequeña de color plateado que buscaba comida cerquita de nuestros ojos.

No sé si dormimos diez minutos o seis horas, pero al despertar me sentía fresca, llena de energía y con la vista relajada. Por primera vez, desde que habíamos llegado ahí arriba, sentía que podía apreciar lo que habíamos logrado juntos. El lugar en el que estábamos era un sueño y lo más hermoso, era que lo vimos recién cuando despertábamos.

Es curioso, pero parece una metáfora de la vida. Hasta que no despertamos no podemos ver con claridad lo que tenemos en frente.

Me sentí más afortunada que nunca, más fuerte y más segura de mí misma y del camino que había elegido para mi vida. Un camino junto a Leo, que no era fácil, no era sencillo y mucho menos aburrido. Era complejo, aventurero y me daba siempre historias nuevas para escribir y compartir. Aunque escriba menos de lo que me gustaría y comparta más de lo que hubiera soñado alguna vez.

Estar descansados nos hacía ver con amor esa pileta, ese espacio refugiado del viento y al rayo del sol, que en las mañanas nos calentaría el cuerpo que durante la noche se enfriaría. El turismo ya estaba aflojando, casi nadie se quedaba a dormir en la montaña. Era el mejor lugar del mundo para estar, para ser.

Nos reencontramos con Andrés en una piedra con vista al mundo. Les juro que parecía el mundo entero bajo nosotros. Esos mapas que alguna vez habíamos visto se parecían bastante al agua dibujada entre la cordillera.

Andrés nos recibió con alegría, una alegría tan característica de él, que nos sentimos felices de vivir esa experiencia a su lado. Estaba maravillado con lo que veíamos y sentíamos. Él también había descansado y se sentía mejor, emocionado por estar ahí.

Male apareció al rato, refunfuñando. No había descansado nada, pero entre mimos, abrazos y besos logramos sacarle una sonrisa. Todo estaba bien. Nos dimos un chapuzón en la pileta que nos sacó todo el polvo del cuerpo, la insolación y el dolor de cabeza. El agua cura todo y una ducha así, vale más que cualquier ducha calentita.

Reconocimos el lugar, elegimos nuestros patios y armamos las carpas. Teníamos vistas privilegiadas, hogares cómodos y espaciosos, comida, amor, cuadernos y memorias en blanco para llenar de historias nuevas. Creo que éramos realmente felices.



Nos sentamos en el patio de los chicos, que quedaba al lado de un acantilado. Era una piedra plana y ancha en la que cabíamos todos, incluso la carpa y las mochilas. Esparcimos nuestras cosas por todos lados: cámaras, lápices, mate, libretas. Nos pusimos cómodos y entramos en un trance del que, a veces, dudo si salí.

El atardecer rosado y violeta se presentó en las montañas, como una película que habla sobre la verdadera naturaleza del amor. El blanco de sus puntas daba lugar a colores cálidos y fríos a la vez, y yo, sin entender de arte, podía darme cuenta que aquella era la mejor obra.

Pensé en retratar ese momento de alguna manera. Andrés también, porque sacaba fotos de un lado a otro gracias a la clase rápida que Leo le había regalado. Male escribía a toda velocidad algún poema que espero que me lea alguna vez. Leo a mi lado también escribía y yo lo notaba siempre que levantaba la vista de mi libreta que pasaba del blanco al azul en tan solo segundos.



También levantaba la vista para notar que el cielo nunca estaba quieto aunque las montañas sí. Que los colores nunca eran iguales, que no duraban eternamente aunque el tiempo se sintiera dilatado, que la inmensidad era más inmesa de lo que yo creía.

Era mi primera vez en una montaña. Al menos de esa manera, al menos conscientemente, despierta y entregada a todo eso. Era mi primera vez frente a frente con ese mundo que tanto había deseado, del que tanto había escrito en sueños. Era mi primera vez con los pies tan doloridos y el cuerpo tan cansado por cumplir las expectativas de mi corazón.

Tenía la mente muy tranquila, como si estuviera meditando y flotando. Otra vez me sentía ligera, liviana y parecía que esa sensación iba a durar para siempre. A veces me pregunto si el camino que elegimos es el correcto, si estar lejos de nuestros seres queridos y vivir de despedida en despedida está bien, pero hoy, tiempo después de aquella experiencia, puedo entender lo que la cordillera trataba de decirme: solo las montañas no vuelven a encontrarse.


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