Un símbolo de guía

Actualizado: 21 sept 2020

Cargamos las mochilas al hombro y nos adentramos en un mundo increíblemente natural: El mar. En esa zona, donde las playas son más grandes y llegar a la orilla cuesta más, empezó el día en el que el cielo se lució como nunca antes. A la mañana, la ventana estaba nublada, hacía frío y yo no quería salir del calor de los brazos de Leo. Me estaba por venir y me sentía hinchada, esperaba que esa fuera la excusa para quedarme en la cama. Por un breve momento hasta deseé lluvia. Pero tras el desayuno, salir era la única opción posible. Creo que siempre me pasa lo mismo: me cuesta salir de la cama pero me encanta hacerlo. Y en esa caminata por la playa, que empezó a las once y media, me di cuenta lo bien que hacía. Encaramos hacia el sur, bordeando la orilla, tratando de pisar siempre en arena firme. Leo y Diego iban sacando fotos y filmando. Jopi y yo charlando. Por momentos nos encontrábamos los cuatro y por momentos íbamos solos. El tiempo parecía no pasar en la extensión de arena y mar que teníamos por delante y por detrás. Quizás, a mis ojos, los mares argentinos sean los más lindos del mundo. En primer lugar, por su abundancia de cielo, de horizonte y de médanos. En segundo lugar, por la inmensidad del mar. Saber que tras cinco horas de caminata el mar continúa, que se unen pueblos gracias a la sal y el agua, y que uno puede pasarse la vida caminando y nunca agotar el paisaje.



Las paradas técnicas eran para comer y beber, recargar energía y volver a fijar la vista en algo que parecía utópico: el faro. Empezamos a verlo tras una hora de caminata. Al principio sólo se veía una línea fija, como una aguja, tras montañas de arena eterna. Y a pesar del empeño por acercarnos, siempre estaba lejos. Cuando caminaba con Jopi, hablábamos sobre lo sorprendente que era todo. Le dije que había cosas de mi vida que no podía explicar pero que ya no intentaba hacerlo. Es que nada tiene mucho sentido. Volviendo al cielo: hacia atrás, donde el pueblo descansaba, se veía todo gris oscuro y las líneas borrosas que anuncian la lluvia que se aproxima nos pisaban los talones. Parecía que en cualquier momento nos alcanzarían. Sin embargo, yo nunca dudé del sol, sabía que sin importar las probabilidades de lluvia, ese día sería perfecto. Lo veía en el cielo por delante, tan celeste como el mejor día de verano. El cielo se partía en dos, justo en la mitad. Nosotros éramos la mitad. Nosotros y el sol, que poco a poco fue apareciendo. Primero como un ojo, con pupilas brillantes y a su alrededor esas líneas que se forman en el iris, como rayos de luz que atraviesan las nubes. Eso lo notó Jopi, que ve ojos en todos lados. Yo veo atardeceres, como en ese caracol que iba en degradé del naranja al bordó y que Leo guardó como recuerdo.



De él también hablamos, mientras Jopi intentaba convencerme de que viajar en bici era buena idea. Yo hice chistes al respecto, como siempre que algo parece ponerse serio. Hablamos también de su mirada. Él siempre ve lo lindo de cada persona y lo refleja en los momentos que capta. Será por eso que todos accedemos a sus clics y aceptamos ser observados por él, que en todo ve una película. Ya lo había entendido días atrás, pero aceptar eso significaba dejarlo jugar libremente. Si yo escribo sobre todo lo que me rodea, él debe necesitar transformarlo a su manera. Fuimos saltando de un tema a otro sin parar, sin dejar de hablar, caminar y reír a carcajadas. Todo era motivo de risas. Incluso cuando se nos ocurrió pensar en qué era lo peor que nos podía pasar. Coincidimos en que era que nos falten los ojos o las manos para crear: en mi caso era perder toda la posibilidad de escribir; en el de ella, pintar. Me dijo que con la voz yo podría seguir creando a pesar de eso y le expliqué que no es lo mismo. Que escribir en un papel sin emitir sonido, sin escucharme, era lo más hermoso del mundo. Que mi mano solo seguía las órdenes de mi cerebro y ninguna otra parte de mí intervenía en el proceso. Lo entendió, porque ella siente lo mismo. Es un enlace interno que exterioriza sin mediación todo lo que alborota dentro.



Hablamos de la luz y la oscuridad. Por delante la luz. Ya no seguíamos la pista del faro, seguíamos el camino iluminado y, si dudábamos, la respuesta era la luz. Atrás dejábamos la oscuridad como una metáfora de mi vida, quizás de la vida de todos. Es que en el fondo todos somos luz y oscuridad. Y la oscuridad muchas veces enseña más que la luz. Supongo que son caminos unidos y no paralelos. Solo hay que encontrar el equilibrio.

Yo caminaba por inercia, sin prestar atención a lo que ya se había vuelto rutinario y monótono. Agotada del ruido constante de las olas rompiendo con violencia, del agua en cantidades desorbitantes revolviendo la conchilla, decidí perderme en el mundo de la música electrónica como supe hacer tantas veces, tiempo atrás. Ahí estaba otra vez, entre el mundo real y mi cabeza. Me colgaba mirando el cielo, tan intenso, o el suelo que cambiaba de formas a cada paso. La espuma se acumulaba y se perdía de nuevo cuando era arrastrada hacia atrás. Las gaviotas hablaban entre ellas y salían volando cuando nos acercabamos, se silbaban y alzaban sus alas al sol. Yo mantenía un paso constante y cerraba los ojos de tanto en tanto volviendo a visiones de vidas pasadas. Entre la música y la luz, que entraba a través de mis párpados, volvía a esas noches de fiesta que supieron ser mi escape cuando no encontraba nada más. Y al abrir los ojos me encontraba conmigo misma bailando al compás de canciones lejanas. Me sentí feliz de poder volver y me sentí feliz de poder elegir quedarme acá.



Decidí dejar la música a un lado cuando caí en la cuenta del presente y volví a enfocar la vista en esa aguja a lo lejos que ahora tenía colores: blanco y negro. Con Leo me encontraba cuando nuestras manos se buscaban y acepté lo inevitable de sentirnos conectados con todo lo que éramos y con lo que nos rodeaba. Intuyo que a los dos nos movilizaba ver qué hay más allá. Y sé, incluso, que aunque tiene esa cuota de individualidad, de curiosidad, es con el fin de mostrarle a otros que el mundo puede ser diferente, que nuestra vida cotidiana es una construcción y que tenemos el poder de construir cualquier cosa que querramos. Yo quería todo lo que me estaba pasando.

La tercera parada, la del almuerzo, nos volvió a reunir tras un esfuerzo agotador por caminar entre médanos. Jopi y yo nos adelantamos y cuando vimos el faro empezamos a encarar hacia él. Leo nos sugirió seguir por la orilla y doblar a la derecha cuando estuviéramos cerca. Nos pareció coherente y volvimos a encaminarnos hacia el mar. Pero nuestros cuerpos se desviaban constantemente y, cuando volvíamos a prestar atención, nos dábamos cuenta que caminábamos en diagonal, mirando el faro de frente. Repetimos el proceso de volver a encausarnos en el camino recto, pero se volvía inevitable el camino hacia el monstruo de cemento que esperaba al final. Le dije a Jopi que si nuestros cuerpos pedían el camino hacia los médanos había que hacerles caso. Nuestra intuición no fallaba casi nunca. Los chicos, detrás, parecían dos puntos negros.



Empezó una nueva odisea que consistió en subir y bajar montones de arena, que nos hacían parecer hormigas en el desierto. El sonido del mar se escuchaba lejano y, de a ratos, desaparecía. Me sentía finita, minúscula. Poco a poco aparecieron yuyos y pastos dispersos, dejando atrás piedras y caracoles. Un bosque tomaba forma entre subibajas de arena. Llegamos al médano que parecía más alto y propuse bordearlo entre risas, aunque no sé por qué lo escalamos y armamos campamento ahí, mientras esperábamos a Leo y Diego que estaban muy lejos. El sol salió con mayor intensidad y desde nuestro lugar escuchábamos el mar levemente, los pájaros del bosque y el viento. Atrás, el mar se veía calmo, quizás porque la parte de la rompiente quedaba escondida tras la arena que nos rodeaba. El faro, al lado, estaba rodeado por pinos y acacias de copas altas. Saqué el aguayo y una mantita roja y comenzamos a armar los sanguchitos que nos darían la energía para el tramo final. Ya estábamos cerca. Leo dudó del lugar que habíamos elegido y, cuando se dio cuenta de que estaba bueno, se acordó de las enseñanzas de Don Juan, cuando éste le dijo a su aprendiz que eligiera un lugar para sentarse y tardó seis horas en hacerlo. A veces, no hay que pensar tanto, cualquier lugar está bien si así lo sentimos.



Tras el almuerzo nos adentramos en la naturaleza verde y frondosa y vimos pequeñas huellas en la arena. Dudamos si eran de cerdos salvajes o perros. Con Jopi nos convencimos mutuamente de que eran de perros y nos reímos de nuestro miedo. Cuando encontramos la tranquera que daba inicio a la reserva natural “El último Querandí”, los arbustos nos invadían desde todos los costados. Escuchábamos ruidos de pasos en todas las direcciones. La risa era para tapar el miedo y decidimos volver sobre nuestros pasos hasta encontrarnos con los chicos, como si eso pudiera cambiar algo. Si ahí habían cerdos salvajes, correr parecía la única opción posible. Cuando nos alcanzaron, volvimos a intentarlo y cada ruido hacía que las carcajadas volvieran. Leo nos miraba como si estuviéramos locas. El camino de arena a nuestros pies seguía marcando las huellas de ese animal que se escondía entre las hojas y que de un salto salió de ellas, paralizando mi corazón por unos segundos. Hasta que vi a un cachorrón de orejas grandes y trompa alargada, de un color grisáceo con marrón, seguido por otro más gordito de color crema. Dos perros que movían sus colas al ritmo de la camioneta de los guardaparques, que nos dieron la bienvenida y se fueron a plantar pinos.



Diego y Leo se perdieron en el bosque, entre la luna creciente y el faro inmenso que se dibujaba ante nosotras, que elegimos un tronco como banco y relajamos nuestro cuerpo hipnotizadas por la pintura carcomida por el salitre. Todo el camino había valido la pena, solo por sentir la energía de un símbolo de guía. Mi abuelo me contagió su amor por los faros y me propuse conocer todos los que pudiera para preservar su recuerdo conmigo. Ya no vería cemento y luz, yo vería para siempre su protección marcándome todos los caminos posibles. Leo me sacó de mis pensamiento cuando volvió a aparecer invitándonos a ver el atardecer que ya llegaba. Lo había espiado entre las copas de los árboles que dejaban entrever esa luz rojiza de un sol que se va, incontables veces. Salimos de la reserva y nos encontramos otra vez entre médanos. Elegí el más alto, con vista al faro y al atardecer, por detrás quedaba el mar que volvía a regalarnos su sonido. Un mate giraba entre nosotros dando el calor necesario que el sol ya no nos podía prestar. El cielo se había despejado casi por completo, dejando solo las nubes necesarias para que el momento tan esperado durara más. Un suspiro se me escapó mientras escuchaba el ruido del tabaco y el papel al quemarse. El cielo dejaba de ser gris y azul y se convertía en un arcoiris de franjas eternas. Y así lo sentimos: eterno, lento y embriagador. Nos dió la fuerza para continuar una aventura que parecía no tener fin. El cielo mutó tantas veces como nosotros durante el camino. El rojo intenso, el amarillo y el naranja dieron paso al violeta, azul y rosa. Una nube casi negra cortaba la simetría perfecta de los cielos despejados y en su bordes difuminados se reflejaba la luz del sol, volviendo los colores más claros ahí donde la nube iba pasando. El cielo cambió incontables veces, cada pestañeo era seguido de una atención dirigida al faro que pronto prendería su luz.



Hablamos sobre lo perfecto que era todo en la naturaleza. Yo dije que era egocéntrica: nos decía miren que hermosa que soy. Leo dijo que se lucía porque nosotros la estábamos observando. Una gaviota pasó en ese instante y todos nos reímos de aquella imagen tan acogedora. Parecía un cuadro, una foto, un libro o una canción, aunque no hubiera nada más real que ese momento. Permanecimos allí hasta que el brillo anaranjado dio paso a las estrellas y la luz, para ese entonces, existía gracias a la luna. Leo me dijo que me quedaba bien esa luz, a lo que le respondí que eso se debía a que ella reflejaba la luz del sol y el sol me quedaba bien. Puso en duda esa teoría, convencido de la luz propia que ella podía tener. Mientras Diego armaba un puchito, me recosté en la arena y contemplé el cielo, tanto tiempo, que cuando volví en mí solo le quedaba una pitada. La cruz del sur se marcaba en el manto azulado y Leo buscaba a Escorpio, constelación que me explicó señalando con el dedo. Me pregunto si las estrellas creerán que es de mala educación señalar




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