¿Cómo nos conocimos?

Esa es una pregunta que nos hacen seguido y, como nos gusta que nos lean, se la respondemos por acá ✨

Nos gusta decir que ya nos conocíamos de vidas pasadas y así lo sentimos un poco, porque desde el primer día somos cómplices, amigos y compañeros.


Nos conocimos recién llegados a La Plata: él venía de un viaje en bicicleta por algunos rincones de Buenos Aires y yo volvía de un viaje introspectivo por el País Vasco. Nos unía, sin siquiera saberlo, una búsqueda espiritual y profesional. Los dos volvíamos con el fin de reinventarnos, de profundizarnos y de empezar a ser lo que queríamos ser. Él buscaba aprender más sobre fotografía y video, y yo sobre escritura y docencia.

Los dos habíamos dejado atrás una vida convencional, llenas de rutinas y obligaciones. Los dos habíamos dejado amores por el camino que, aunque eran seres que amábamos, eran, al mismo tiempo, seres con los que no coincidiamos más. Habíamos dejado trabajos que nos daban un buen pasar económico. Habíamos despedido la vida de ciudad. Y no sólo eso, sino que lo habíamos hecho para cumplir un sueño mayor: viajar.

Pero a la vez, durante esos viajes, tan distintos, buscábamos algo. Por momentos, encontrarnos a nosotros mismos o aprender a estar solos, a veces nos escapábamos. Viajamos con amigos e individualmente, por lugares diferentes y por los mismos, pero hasta ese día nunca habíamos coincidido. Al menos no conscientemente.

Un día nos dimos cuenta que la búsqueda se volvía más profunda y se convertía en la búsqueda de un hogar. Y yo le ponía palabras para crearlo y él lo soñaba en imágenes para volverlo realidad.


Sin embargo, la búsqueda del hogar es más ardua de lo que parece y no se resuelve de un día para el otro, sino que, como comprobamos en el último año y medio de estar juntos y en mucho más tiempo de no conocernos, el hogar es algo que se construye paso a paso y el lugar en el que se construye puede mutar, puede moverse y hasta puede quedarse estático, pero no es ninguna por obligación sino por decisión.

Entonces, un día los dos volvimos a La Plata. Él invitado por un amigo para filmar un video de un músico y yo por cansancio de girar por el mundo sin ser escritora. Él alquiló una casita en City Bell, con una sola habitación y un parque enorme, con ventanales donde la luz se cuela hasta en las sombras, y yo volví a la casa de mi mamá, donde ya no tenía un espacio propio.


Pero a mí me habían dicho que tenía que decir todo que sí, vivir pensando de manera positiva y proyectar mi vida como la soñaba. Entonces empecé a pensarme como escritora y a trabajar, poco a poco, de lo que me gustaba. No sin dificultades. Él a su vez, ya se empezaba a hacer conocido en la ciudad por filmar a músicos increíbles y por ser un eterno autodidacta.

Mientras yo estaba en San Sebastián, le escribí a dos amigos diciéndoles que volvería a La Plata y que buscaba alquilar una habitación en alguna casa compartida de City Bell. Volvía sin trabajo y sin un peso, pero sabía que las cosas que uno sueña hay que intencionarlas, entonces empecé intencionando un lugar al que poder llamar hogar, aunque fuera provisorio. Me imaginaba un parque verde donde pasar los días echada al sol y es por eso que pensé en esos dos amigos en particular. Uno fue Juan, quien, un mes después me invitaba a tomar una birra con unos amigos.

Así fue como un miércoles cualquiera me subí al 273, sabiendo que esa noche dormiría en un sillón prestado.

Dudé en ir, debo admitir. La idea de quedarme a dormir en lo de alguien a quien no veía hace muchos años, ir a tomar una birra con gente de La Plata que no conocía y no saber con qué me iba a encontrar, por un momento me hizo ruido. Supongo que fue prejuicio y me alegra no haberle hecho caso.

Llegué a Cantilo, me bajé del bondi y caminé unas cinco cuadras hasta la casa en cuestión. Aunque en ese momento no sabía que ese camino lo haría una y otra vez durante los largos meses que seguirían. Fui como una desconocida, con un poco de miedo y vergüenza a encontrarme con el presente.



De frente a la puerta de hierro, respiré hondo y toqué timbre, pensando para adentro que si algo no me gustaba, solo era una noche. Estaba acostumbrada a transitar espacios en los que no encajaba, porque siempre me sentí un poco fuera de lugar en cada grupo de amigos que tuve. No por ellos, sino por mí. Por no animarme a ser auténticamente yo y por consecuencia vibrar en el mismo tono que la gente que me rodeaba. Cuando uno se acepta en su totalidad, cuando uno vibra en su propia sintonía, atrae personas que vibran como uno. Y yo, por primera vez, vibraba en la sintonía más auténtica que podía.

Viajar me había ayudado a conocerme en todos mis estados, incluso en los que no quería conocer.

Entonces, mi yo más auténtica y real, mi yo más vulnerable estaba parada frente a una puerta de hierro pensando que atrás de ella me esperaba una noche en la cual, quizás, no aprendería nada nuevo, ni compartiría nada interesante, ni podría mostrarme tal cual soy porque, otra vez, no encajaría. Sin embargo, eso no era lo que sentía. Pero tengo tendencia a tapar mi intuición con mis razonamientos, algo normal en nosotros los humanos.

Lo que me encontré estaba más allá de lo que mi imaginación me podía regalar. Eran tres desconocidos que hablaban de la vida como si me conocieran y me hubieran robado las palabras de la lengua.

Eran niños jugando a vivir.

Y lo más lindo, es que me estaban invitando a jugar con ellos.

Así conocí a Leo, Juan y Tomi. Tres personas que se volvieron mis mejores amigos y confidentes. Personas a las que admiraba y por las que me sentía admirada.


Rodeaban la mesa de vidrio del living tocando la guitarra y el cajón, mientras cantaban con voces hipnóticas canciones que yo no conocía. Compartimos un vino y arte. Yo, por primera vez, leí en voz alta algo escrito por mí y sentí que, por primera vez, alguien me escuchaba de verdad. Sentí la emoción que se genera cuando algo hecho por uno mismo le gusta a un otro y me dio tanto miedo saber que lo que hacía le podía gustar a alguien que me puse colorada y cerré mi libro. No sabía si podía entregarme tanto a tres desconocidos.

Los escuché cantar y su música me inspiraba, tanto que necesitaba escribir lo que oía. Venía de dos años de estar bastante sola, dos años en los que me había dejado de limitar y sacaba mi libreta en cualquier lado, en los que me había construido una nueva versión de mí que se animaba a ser extraña y diferente. Pero ahí, en La Plata, en el lugar donde siempre me había amoldado para encajar, me daba miedo que me tildaran de distinta y en vez de escribir en mi libreta, escribí en el celular. Porque es más normal tener un celular en la mano que hacer arte en cualquier lado.

Ese fue el único error que cometí esa noche, al menos que yo recuerde.

Porque un rato después sentía ese amor al arte que hoy nos une tanto.

Esa noche Leo me dijo que le gustaría filmar algún fragmento de los que yo les había leído. Yo me sentía como en el cielo de los halagos. Con qué poco me sentía feliz y qué difícil era encontrarme con alguien que lo entendiera.

Esa noche, volví a estar de viaje.


A la mañana siguiente me desperté en la casa de alguien que yo sentía conocer desde siempre. Juan se había ido a dormir a su casa, junto a su compañera, Mile, quien lo primero que me preguntó cuando me vió fue: fecha, hora y lugar de nacimiento. Y así empezamos una relación que, además de música y literatura, tenía astrología.

Me despertó la luz del sol entrando por todas las ventanas y noté que la puerta de la habitación estaba abierta. Con mis pelos despeinados y una sonrisa, me encontré con Leo cortando palta y haciendo mate, y algo dentro mío me decía que estaba en el lugar donde tenía que estar. Tomi había ido a comprar chipá y una nueva persona entraba en escena: Lu. Una amiga incondicional en mi vida de hoy.

Una mesa larga, de madera, fue testigo de un desayuno entre risas y amigos, que por momentos, parecían de siempre. También de la creación de una canción en conjunto, que aunque no llegó a término nos regaló creatividad.

Al final me encontré frente a frente con Leo e hicimos planes de futuro. Todos consistían en videos, fotos y palabras, y sin siquiera saber por qué, le dije que teníamos que hacer un viaje en camioneta por la costa de Argentina. Seguro fue intuición, pero yo sabía que eso tenía que pasar. Me imaginaba libros con sus fotos y mis textos. Y aunque su respuesta fue no, y aunque los dos nos reímos de eso, y aunque a todo lo que yo le propuse ese día me dijo que no, sin saberlo se estaba convirtiendo en mi presente.

Tres días pasé en su casa, antes de volver a la mía.



Tres días fueron suficientes para que yo supiera que quería estar ahí, compartiendo y aprendiendo con él. Y esos tres días fueron, poco a poco, convirtiéndose en más y más días. En los que él me invitaba a su casa o yo me invitaba. En los que él me decía: quiero estar solo, pero si querés vení. Y, en el fondo, los dos sabíamos que eso significaba: solo quiero compartir con vos.

Y yo también solo quería compartir con él, aunque eso me daba miedo.

Miedo a abrir mi corazón. Miedo a volver a compartirme.

Y el miedo reinó durante un tiempo. Pero vivimos juntos antes de decidirlo conscientemente, porque un buen día, yo ya tenía un estante en el placard de su habitación. Aunque eso se los cuento mejor en el próximo post.

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