Ahora sí: nos fuimos

Pasan los días y siempre me acuerdo que tengo un blog que escribir, pero los días pasan y pasan de una manera tan impresionante que no encuentro tiempo para terminar de asumir que, después de tantos meses viviendo en Mar del Sud, finalmente agarramos una ruta que no era la que nos conectaba con Miramar.

Escribo estas líneas desde Villa Ventana, un lugar que nunca había figurado en nuestros mapas pero que llegó como un regalo visual y energético. Como el abrazo al final del camino largo, ese que estabas anhelando hace tanto tiempo y que, de golpe y sin notarlo, lo estás viviendo. Es un abrazo caluroso y sabe a hogar, a aventura, a diferente, a empezar otra vez.



Pensé muchas veces si seguir escribiendo en orden cronológico o no nuestro paso por la Costa Argentina y llegué a la conclusión de que escribir hoy sobre Mar del Sud sería quedarme en el pasado, eso ya está escrito y tal vez algún día se convierta en un libro; si así es, espero que quieran leerlo, yo me muero de ganas. Por otro lado, escribir antes sobre la cuarentena, al menos públicamente, me resultaba imposible porque nos pasaron muchas cosas difíciles de explicar y muchas otras que, hasta que nos fuimos, no se cerraron. Y cuando un ciclo no está cerrado es difícil compartirlo porque hay cosas que no se ven hasta el último momento. No sé si me explico.

Tal vez algunas se las cuente como anécdotas entre medio de otros relatos, porque me gusta escribir y a veces cuelgo. Tal vez algunas no las sepan nunca y eso también va a estar bien.

Entonces, les decía, llegamos a Villa Ventana. No sin antes vivir mucha ruta, aunque en el medio también la hubo.

Salimos de Mar del Sud el 14 de diciembre, me acuerdo porque ese día había un eclipse solar que nosotros experimentamos en Necochea, ciudad por la que pasamos y de la que huimos despavoridos dejando un cielo gris por detrás. Nada personal con Neco, simplemente el cemento no es para nosotros. Íbamos en busca de un mecánico para la camioneta que, causalmente, nos empezó a perder aceite dos semanas antes de nuestra fecha de partida.

Habíamos puesto como límite irnos de Mar del Sud tras un trabajo de filmación y fotografía en Miramar para el Castillo Surf Camp. La fecha era el 8 de diciembre. El mecánico que nos iba a arreglar la camio durante nuestros últimos días se enfermó y no conseguimos a nadie que pudiera hacerlo en menos de 15 días, algo que para nosotros significaba una vida. Tras tantos meses de libertad condicionada, no podíamos aguantar ni un día más sin conocer un nuevo paisaje. Sí, la ansiedad nos ganó. Salimos a la ruta igual, con la camio perdiendo aceite, una semana después de ese trabajo.

Sabíamos que podían pasar dos cosas: o la camio era una masa y se aguantaba hasta que la viera un nuevo mecánico o nos quedábamos en el camino y llamábamos a la grúa. En cualquiera de los dos casos, la historia iba a ser divertida. Por suerte fue la primera y en Claromecó, nuestro primer destino, descubrimos que simplemente estaba pasada de aceite gracias a Mauro, nuestro mecánico de confianza platense. En un cambio que le hicimos se nos fue la mano y nunca bajaba, porque siempre le echábamos más porque perdía. Nos la mandamos, pero la camio era una masa.

Con ese problema resuelto, todo el panorama cambiaba, solo teníamos el mundo por delante.

Llegamos a Claromecó el mismo día que salimos de Mar del Sud. El viaje duró años; porque nuestra velocidad máxima es 60 km/hr en rutas asfaltadas y sin mucho para ver, 40 km/hr en rutas lindas y en buen estado, y 20 km/hr siempre que nos pinta, es decir, casi siempre.

Y qué hermoso fue darnos cuenta que en ese lugar había un faro, que no era cualquier faro sino una réplica del Querandí, el primero que visitamos juntos.





Claromecó nos gustó aunque lo sentimos como un lugar de paso. En la emoción de salir no habíamos pensado en nada ni nos habíamos organizados, ni siquiera estábamos del todo seguro que pudiéramos ser completamente independientes del mundo. Porque hasta ese día siempre nos aguardaba una ducha caliente y un baño. Habíamos habitado la camioneta durante mucho tiempo, pero siempre sabiendo que cuando lo necesitáramos habría una casa disponible para nosotros que satisfacía todas las comodidades. Ahora éramos Leo, la Caracola, el mundo y yo.

El no saber qué significaba eso, nos hizo llegar a un camping en el que pasamos cuatro días y pagamos noche a noche, porque nunca estábamos seguros de si nos íbamos a quedar o no, era una decisión día a día. Eso también nos hizo entender lo caro que era vivir así, que tendríamos que conseguir una alternativa. Así descubrimos que la gente es muy solidaria y acepta compartir sus duchas y sus patios con dos locos desconocidos, aunque mi mamá crea que es un disparate pedir prestada una ducha -mami, si estás leyendo esto, te amo-.

Si uno pide ayuda, siempre hay alguien dispuesto a brindarla.

En Claromecó descansamos sin descansar, estuvimos sin estar. Caminábamos entre las calles y nos perdíamos, lo que nos recordaba que las calles ya no eran las de siempre; nos despertábamos y mirábamos por la ventana sin entender cómo era posible estar ahí, rodeados de pinos o en playas más ventosas a las que estábamos acostumbrados. Todo el tiempo nos acordábamos que estábamos de viaje pero no terminábamos de caer en la cuenta de que volvíamos a ser libres.

Claromecó nos mostró un poco lo que habíamos olvidado: cómo viajar y volver a ser nuevos en un lugar. Fue un espacio de experimentación viajera. Entendimos la importancia de conectar con los lugares naturales de cada pueblo antes de entablar conversaciones con las personas, porque sólo conociendo a la naturaleza era posible, para nosotros, sentir que estábamos realmente ahí, realmente presentes para compartir. La naturaleza es nuestro cable a tierra. También nos hizo entender que los lugares turísticos no nos gustaban tanto, que teníamos que seguir buscando un poco más.

Por otro lado, el tiempo nos apremiaba. A pesar de que nos gusta vivir sin agendas, teníamos agendado un año nuevo familiar. Algo que nos hace mucha ilusión y por lo que aceptamos correr un poco. Pero solo un poco.

Tras tres noches obnubilados con la luz que nos guiaba a casa, arrancamos viaje para el siguiente destino: alguna playa más chica. No sabíamos bien cuál, creíamos que era posible frenar en Oriente, un balneario que había aparecido en el mapa de tanto agrandarlo. Encaramos hacia ahí y nos enfrentamos al viaje más duro hasta ahora: calor, sequedad, campo, llanura, polvo, falta de agua. Horas y horas de eso, con una pausa en Lin Calel, un pueblo olvidado por el paso del tren, en el que un vecino nos regaló dos botellas cargadas con agua de pozo recién bombeado que para tomar estaba difícil pero para una ducha fresca al aire libre fue perfecta.

La siguiente parada: Copetonas. Apareció en el mapa como una ciudad de paso y nos recibió el dueño de los Food Trucks de la entrada, donde nos comimos un helado cada uno, que fueron nuestro almuerzo tardío. Orlando, nos contó con ojos tristes algunas historias y después nos lanzó la única pregunta que casi nadie se anima a hacer: ¿son felices?. Con Leo nos miramos y una sonrisa apareció en nuestras caras: claro que lo éramos. Teníamos todo lo que podíamos desear: un hogar, amor y libertad. Nos fuimos con su sonrisa y tres recomendaciones que seguimos al pie de la letra.


1. Conocer Puente Viejo. Un lugar a ocho kilómetros del pueblo. A pesar de que los bomberos nos permitían bañarnos esa noche en el cuartel, decidimos perdernos la ducha para seguir esa primera ruta paralela. Fue un camino de tierra rocosa que terminaba en una hidroeléctrica abandonada, por la que pasaba el Río Quequén Salado. Nuestro Oasis en la ruta. Pasamos un atardecer, una noche, un desayuno y una tarde de SUP en el Río. Diría que fueron tantas vidas que no puedo contarlas. Vimos patos, golondrinas, chimangos y teros. Descubrimos que un ave que veníamos avistando desde Mar del Sud se llamaba Pico de Plata. Nos imaginamos una peli de terror dentro de las instalaciones abandonadas. Vimos un atardecer en la ruta estando quietos, apreciamos el color violeta de los Cardos al costado del camino y una tormenta eléctrica nos mojó antes de llegar de vuelta a la camioneta. Nos despertamos con el cantar de los pájaros y un sol radiante que disfrutamos arriba de una tabla de madera de kiri, hecha por un gran amigo miramarense. Nos enamoramos de nosotros mismos y del otro, una vez más. Nos sentíamos libres por primera vez.


2. Conocer la Cascada Cifuentes. La encontramos tras pedir indicaciones en Oriente, pueblo al que finalmente llegamos. El gomero miró a Leo y le dijo: “Cascada Cifuentes… Fácil”. Y a continuación explicó un viaje de más de veinte kilómetros hacia el Partido de Dorrego. Ahí fuimos, y nos deleitamos con una nueva tormenta tras unos campos de trigo color amarillo claro. Pero más lo hicimos con el mismo Río que ya habíamos conocido y que ahora tenía piedras amontonadas y saltos, cascadas y pinos, islas y más especies de aves. El paisaje sureño que tanto anhelábamos empezaba a tomar forma. Conocimos a Beni y Vera, dos niños que se reían de todo y que tenían un fósil de dientes de rata que vimos juntos con nuestra lupa. Nos quedamos con las ganas de meternos debajo de la cascada más alta de la Provincia de Buenos Aires porque la tormenta eléctrica se acercó y nos regaló una noche con juegos de cartas, queso y lluvia.




3. Probar las aceitunas del puestito que estaba entrando en Dorrego. Encaramos con lluvia un viaje con destino final: Sierra de la Ventana. Pero Dorrego estaba de pasada y las otras dos recomendaciones habían sido demasiado mágicas. Aceptamos el desafío y antes de frenar en la ruta por la gula, entramos a la ciudad sin luz y un poco inundada de Dorrego. Así como entramos nos fuimos, nuestra idea era tomar un café caliente para combatir el agua que había entrado por el techo de la casa pero esa ciudad era más bien un sitio fantasma del que nos dió miedo no poder salir. Lo tomamos en una estación de servicio y luego frenamos por más queso, las tan anheladas aceitunas y un poco de pan, tres cosas que nunca pueden faltar en nuestra alacena porque en la ruta, resolver el almuerzo a veces se complica.

Listos para seguir viaje, encaramos una ruta de Dorrego a las Sierras y nos encontramos con un camino solitario. Vimos cuatro autos en el trayecto y creo que estoy exagerando. Pero la llanura dio paso a las subidas y bajadas, a la tierra elevada cubierta de pastizales, a una lluvia más leve que poco a poco desaparecía, se alejaba. El cielo gris se volvió celeste y lleno de nubes esponjosas.

Llegamos a la ciudad antes de lo previsto, alrededor de las dos de la tarde, y conseguimos una ducha después de cuatro días sin bañarnos. Nos la alquilaron en un camping piola por un módico precio y fue el impulso que necesitábamos para seguir viaje. Sierra de la Ventana nos pareció un poco alejado de las Sierras y Villa Ventana se abría paso ante nuestros ojos.

Pero de Villa Ventana les cuento después, ya hablé mucho por hoy. De todo esto aprendimos que la mejor manera de vivir es aceptando que si la vida no sale como la planeamos, mejor dejar de planearla y fluir más. Sobrevivimos a la cuarentena.


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