366 días en Caracola

Intenté escribir esta nota antes, pero no pude.

A veces hay que respetar los tiempos de cada cosa, los ciclos.

Y este ciclo termina hoy, está terminando.

Que algo termine es bueno, porque significa que hubo un crecimiento, que hubo un camino, que tuvo su final y que, tras ese final, empieza algo nuevo. Que este primer año, de vivir en una casa chiquita de patios muy grandes, termine; significa que pudimos completar ese primer ciclo. La Caracola es nuestra gran aliada en el mundo; es un refugio, un recuerdo, un sueño, un anhelo. Pero sobre todo es la experiencia que nos inventamos cada día.

Cuando pensaba cómo nombrar un relato sobre esto, sentía que decir “un año de vivir en ruta”, no le hacía justicia a lo que era haber vivido 366 días en Caracola. En el fondo, siento que así tampoco le hacemos justicia. Para eso, tendríamos que contar la cantidad de días que, mientras estábamos tirados en el mar, metidos en la cama o en una bañadera, en un sillón o en una hamaca, soñábamos con cada rincón de ese hogar. Las horas que pasábamos buscándolo en palabras, en fotos, en hogares ajenos, en los que hicimos propios.

Deberíamos, también, tener en cuenta los días que invertimos en buscarla diligentemente, entre calles empedradas y anuncios online. La cantidad de días que tuvimos que probar otras, decepcionarnos, tomar medidas o acostarnos en sus pisos para descubrir qué tan cómoda sería la cama ahí. Por suerte no hicimos ese viaje a Córdoba a ver una de esas que se ven muy lindas en fotos pero parecen hechas para ositos de peluche, o tal vez fueron pensadas para los niños que fuimos. En ese caso, tendríamos que haber contado los días que pasamos yendo y viniendo; que, ahora que sé lo que es vivir así, podría decir que serían al menos tres o cuatro; si no colgamos y no hay nada para contemplar.

Vivir adentro de la Caracola es excepcionalmente lindo. Quizás, a eso me refiero cuando digo que es la experiencia de vivir. Es levantarse cada mañana en un lugar distinto, tener que correr las cortinas para ver qué hay afuera y situarnos en el mapa. Es que cada sonido que escuchamos, sea completamente extraño y nuevo para nosotros.

No hay dos mañanas iguales dentro de nuestro hogar. A veces podemos remolonear hasta tarde, porque la luz que entra se vuelve amarillita y cálida gracias a esas cortinas que cosió mi mamá cuando solo teníamos una cama y paredes de chapa. Otras nos quedamos entre libros, cuando Leo se despierta primero -casi todos los días- empieza con un capítulo en silencio y otro en voz alta cuando me apoyo en su pecho; cuando ya estoy despierta y amerita seguir ahí, nos turnamos un capítulo cada uno. En invierno nos permitimos desayunar en la cama, pero también almorzar y cenar, no siempre nos dan ganas de armar la mesa. Sobre todo al principio, cuando teníamos que levantar una mesa muy pesada para lograrlo. A veces, desde la cama, vemos los mejores amaneceres.

Nuestro hogar tiene la magia de cambiar de patios. Hemos tenido los más grandes y los más pequeños, algunos han sido muy cómodos y otros nos invitaban a retirarnos. Cada tanto abríamos la puerta grande y veíamos un mar turquesa con gaviotas, ahora vemos coihues y montañas. Pero la sensación siempre se parece: somos muy afortunados.

En nuestro hogar hay lugar para todos; es como ese dicho que dice: la casa es pequeña, pero el corazón es grande. Y la Caracola tiene mucho corazón. Tanto, que además de refugiarnos a nosotros del invierno, refugió a Marinero. Un perro del que aprendimos mucho, porque además de compañero era un maestro. Nos mostró cómo éramos con otro ser, cómo éramos como padres, como amigos. Nos mostró lo que nos gustaba del otro y del pequeño cuadrado que hacía de hogar. Entrábamos los tres, aunque no sobrara espacio.

La Caracola fue también un refugio de la tristeza. Cada vez que recordamos a Marin, con amor, deseando que en esa nueva vida que tiene sea muy feliz. Cuando la veje, una perra vieja que también nos acompañó, dejó su cuerpo para transformarse en tierra. Cuando la enfermedad llegó a nuestras vidas y tuvimos que aprender a luchar, pero a la vez a ser débiles y entregarnos a los brazos de nuestra anfitriona.

Y aunque Marinero no fue el único maestro, fue uno muy importante, porque nos unió a otros seres que llegaban a nuestra vida para enseñarnos sobre el amor, la naturaleza, el arte y la soledad. Así conocimos artistas enamorados de la vida que nos daban la lección más importante: todo lo que necesitamos está justo al lado de la tierra, el aire, el agua y el fuego.

La Caracola nos vio crecer junto a ellos y se llenó de su magia. Hoy hay pedacitos de su esencia en cada rincón: desde un cuadro al que le dejamos una pared entera hasta un contenedor de plumas, que poco a poco se convierten en alas. Alas que nos pintaron nuestros padres Marsudeños.

Lo que más me gusta de nuestro hogar, es que siempre nos pareció increíble. Cuando las paredes eran blancas y el piso negro, cuando tenía asientos en la parte de atrás en vez de muebles, la amábamos. Cuando la llenamos de madera pero igual tenía agujeros negros en las esquinas de atrás, nos parecía magia pura. Hoy, que es perfecta, no imagino otro lugar para vivir. Y aunque seguro mañana hagamos más arreglos o convirtamos la parte del auto en hogar o cambiemos un mueble, va a seguir siendo el mejor lugar del mundo.

Porque en éste tiempo, de hacer propia una camioneta, nos dimos cuenta que hoy hay algo que nos une a ella y es toda la energía que tiene adentro. Cuando afuera el mundo está mal, cuando nos encontramos con cerros bañados en cemento y reglas a cada paso, adentro el mundo está bien: solo entrar en ella es como si una sensación de paz nos invadiera y volvemos a ser felices.

Cuando Leo y yo nos separamos en medio de la naturaleza, y él camina hacia un lado y yo hacia otro. No buscamos señal en el celular para mandarnos un mensaje preguntando "¿dónde estás?". Seguimos nuestro instinto, caminamos sin rumbo, siguiendo nuestros pies que saben a donde llegar. Y cuando más distraídos nos sentimos, nos vemos a lo lejos, con la alegría de volver a vernos.

Con la Caracola nos pasa igual. A veces la estacionamos en lugares que no recordamos, pero sabemos que si nos dejamos fluir, en algún momento vamos a llegar a ella. Porque nos une algo más grande que unas llaves que arrancan un motor. Dentro de la Caracola está también nuestra esencia y la esencia de todas las personas que nos aman y nos amaron.

Vivir así nos enseñó que el camino está lleno de momentos en los que podemos tomar decisiones y cada decisión cuenta, porque tiene consecuencias. A veces buenas, a veces malas, pero también aprendimos a hacernos cargo de ellas para poder transformarlas cuando los resultados no sean los esperados.

Nos encontramos con rutas tan distintas y tan iguales, monótonas y complejas, arbitrarias, que consuelan y abrazan. Esas rutas nos encontraron con lágrimas y con sonrisas, con cantos a los gritos y cantos en silencio, con letras e imágenes que fueron narrando la historia más perfecta, la única que podía narrarse porque todas las decisiones nos llevaron a esa.

Hoy podemos decir que entendemos lo que significa amar. Entendemos lo que es el dolor, la tristeza, la soledad. Conocemos lo que significa compartir, aprendemos todavía de ello. Hoy sabemos que el amor trasciende el dolor, que es la única luz en el camino y es la puerta que al abrirse nos salva de nosotros mismos y de lo que está afuera.

Hace un año tenemos caparazón. Nos convertimos en seres tan pequeños, tan vulnerables, que necesitamos de esa protección que nos da el hogar. Siempre necesitamos del movimiento, entonces convertimos ese hogar en algo que pudiéramos cargar sobre nuestro cuerpo y llevarlo con nosotros a todos lados. Nos convertimos en Caracola y todo a nuestro alrededor se transformó.

O tal vez fuimos nosotros quienes se transformaron. O tal vez todo.




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